Todavía conservo el recuerdo de cuando nuestra revolución triunfó. Nunca reparamos en la facilidad con la que nuestra lucha derrocó la soledad que había en nosotros. Creo que lo bello así llega, sin que uno se dé cuenta.
Comenzamos a instaurar lo que creíamos que era lo mejor; una Nación en la que lo tuyo era mío y viceversa, tu cuerpo mi pan y mis brazos tus alas. No sabíamos nada de andamiajes institucionales ni de visión de estadistas, todo se basaba en sentirnos plenos e instaurar la cobertura total de la risa y la dicha.
Así pasaron los días, semanas, meses. Todos los observadores internacionales cuestionaban cuánto duraría nuestra utopía aterrizada, en qué momento cobraría factura la bestialidad de nuestra república amorosa, a lo cual solo respondíamos con una frase: En el amor no hay miedo.
Pero algo pasó. Nuestro amor, por más sincero que era, nunca dejaría de ser adquirido ilegítimamente; motivo por el cual la ternura se convirtió en represión y el abrazo en asfixia. Ambos lo negábamos, pero en el fondo sabíamos que ya no éramos aquellos, los otros, los que fuimos antes de ser nosotros.
A pesar de ello he de confesarte algo. Desde mucho antes del Golpe sabía que nos estábamos cayendo a pedazos, me percataba que te comenzaban a llamar la atención otras formas de gobierno menos radicales; opté por esperar lo inevitable y disfrutar la caída del sistema.
No me equivoqué, el Golpe que me diste fue certero, contundente. Sabías qué cajas negras abrir, cuáles dependencias dinamitar, por cual sendero huir.
Lo que siguió (en mi Estado) fue el completo caos. Mi divisa se desplomó estrepitosamente, la confianza de los inversionistas para capitalizar sueños en mi territorio era equiparable a la estabilidad institucional y emocional que les ofrecía (nula). Nunca en mi historia había experimentado tan rotundo crack.
Intenté instaurar nuevos sistemas ante mi emergencia nacional. Probé con el parlamentarismo, pero no fui capaz de sostener coalición alguna por más de tres meses con ninguna fracción, no estaba listo para ello, para nada, para nadie.
Así que decidí empezar de cero, derrumbar las ruinas que dejaste y tejer una vez más el tejido social que me permitiera reincorporarme a la vida (sin ti).
A un año del Golpe te puedo decir que he construido un nuevo hogar, instituciones depuradas, a la espera de que el tiempo de la historia de esta nueva Nación comience.
He oído por ahí que tu ya vives una democracia consolidada, te felicito y deseo lo mejor. Solo te pediré una cosa:
Antes de hablar del Golpe, siempre recuerda nuestra revolución…
Queridos catorce lectores:
Les traigo unas chuladas de artículos de temporada.
El primero es la estupenda crónica de mi comanche Lucero San Vicente sobre el primer Diálogo por un Presente con Futuro http://metanoiamx.wordpress.com/2012/02/03/cronica-del-primer-dialogo-por-un-presente-con-futuro/
El segundo es la historia de un indecente estudiante de cine (mejor conocido en los bajos mundos como el “Actorazo”) que por orden cósmico terminó con su tehuano del mal en la colecta para los Rarámuris en el Claustro de Sor Juana http://bit.ly/wS5fKV
Ambas están para chuparse los dedos.
¿Somos hombres o payasos?
