Así se vivió la colecta por los Tarahumaras

Por Diego Dávila

Es viernes en la noche, un amigo y yo salimos de Coyoacán rumbo al Centro Histórico; recién acababa de platicar con unos compañeros sobre las diferentes formas en las que uno puede marcar una diferencia. No es muy difícil hacerlo, pienso yo, el simple hecho de saludar a tu vecino o el desearle un buen día al taxista que te cobró treinta pesos y te dejó con veinte para el resto del día marcan una diferencia, aunque sea nada más en un día de la vida de ellos, no necesitas más que preocuparte por la persona de al lado para dejar tu granito de arena en el mundo, un granito, más uno o dos millones de granitos, hacen una playa.

Vamos en el Eje Central, nos dirigimos al Claustro de Sor Juana, una amiga se encuentra recolectando víveres para los Rarámuris.

Desde ya casi un año, una sequía ha azotado toda la sierra Tarahumara arruinando sus cosechas y creando un estado de emergencia en toda la zona. Nuestra amiga y varias personas más se encuentran recolectando víveres para poder ayudar a los que ella llama “nuestros hermanos tarahumaras”, yo no sé si tengamos algo de hermanos los Rarámuris y yo, pero me gustaría creer que sí, los que sí no creo sean sus hermanos son el gobierno de Chihuahua y el gobernador César Duarte que, creo, piensa que son animales de zoológico y que nada más porque los ve corriendo entre los árboles o acostaditos en el suelo bien tiesos piensa que son felices y tiernos.

Llegamos al Claustro, caminamos por un pasillo que lleva hacia un gran salón que a su vez se conecta con un pequeño auditorio. Lo primero que veo son cientos de botellas de agua apiladas en la entrada de este. Me dirijo hacia el interior abriéndome camino entre cajas llenas de latas hasta llegar al auditorio, es la escena de la película “Ladrón de Bicicletas” cuando van a empeñar unas sabanas y el pequeño hombrecillo que las recibe las coloca hasta arriba de una inmensa torre de más sabanas, un auditorio sin forma convertido en bodega, torres de cajas de distintos tamaños pero todas llenas de comidas, cajas grandes, chicas, costales, todas ordenadas según su contenido, grandes montañas de ropa y cobijas, sin importar color, tela o textura. Alguien que se muere de frío no discrimina.

Con nosotros están a lo mucho quince jóvenes, ninguno presta atención a nuestra llegada, cada uno de ellos se encuentra elaborando una tarea, unos le agregan más cajas a las ya altas torres para hacer más espacio, otros clasifican las cajas por verduras, frijoles, harina, lentejas, sopas, etc. Otros hacen operación hormiga recogiendo pequeñas cantidades de alimento suelto y tratando de ir colocándolo en bolsas de plástico pero sin atrasarse en sus demás deberes.

Esto es ser mexicano, me diría uno de ellos al siguiente día, el solidarizarse sin esperar nada más que el bienestar del otro; no hace falta un gobierno o un político para que la gente actué. Acabo hablando con varios de ahí, la mayoría son jóvenes y están en la universidad, estudiantes de Ciencias Políticas, Derecho, Historia, etc. uno que otro está afiliado a un partido, pero en su mayoría son jóvenes cuya única bandera que ondean es la de ellos mismos.

Sigue el trabajo, aquí no se descansa ni cinco minutos para fumarse un cigarro. Llega alguien diciendo que vendrán más camionetas de Toluca con alimento y que hay que estar preparados, ninguno se queja o se desanima, simplemente se apuran en lo que están haciendo como si los acabaran de amenazar para que terminaran más rápido. Alzo la vista y me doy cuenta que ya somos más que del día anterior, tal vez unos diez más, eso es lo bueno, lo mejor es que también veo el doble de cajas y bolsas (debo admitir que en ese momento no lo vi como lo mejor) uno que otro silba o tararea una canción, algunos se ríen entre ellos y la mayoría se ve alegre.

No se dan órdenes, se toma la iniciativa, se toma la iniciativa de tomar esto en nuestras manos, de dejar que los políticos hablen y se culpen los unos a los otros mientras los de abajo decidimos empezar con acciones. En un descanso obligatorio le pregunto a una compañera si cree que esto va ayudarles en algo a los Rarámuris, ella triste me contesta que no, pero que es lo único que puede hacer.

No me explico cómo pasa esto ¿Cómo puede ser que en un país del G-20, que se supone es economía emergente, en donde se puede vivir con seis mil pesos (o menos) y en donde no solo se empiezan guerras contra compatriotas sino que aparte las vamos ganando, se suicide la gente masivamente porque no tiene que comer? ¿Cómo puede ser que el campesino, que se supone tendría que ser la base del país, tenga que ser rescatado con comida que él tuvo que haber producido?

Le pregunto a la compañera (mientras recolectamos semillas de frijol para ponerlas en una bolsa) si cree que algún día el gobierno llegará a cambiar la situación, ella me responde que no, que el cambio lo hace el ciudadano.

Yo no creo en un gobierno que ve por unos pocos con dinero, no creo en un gobierno que mande ayuda con propaganda barata, como si les preocupara más que las victimas voten por ellos en vez de tratar que ya no hubiera víctimas, yo tengo fe en todas las personas que estuvieron aquí ayudando, en esa cadena incalculable de gente que se formó a raíz de un twit, de un like en facebook, yo no creo en alguien que no cree en mis hermanos, no tengo idea de cuántos granitos de arena tenga una playa, pero estoy seguro de que contamos con más de uno.