Chiapas.- Hace 30 años sus erupciones dejaron más de 2 mil muertos y sepultaron bajo toneladas de lava, rocas y cenizas a poblados y rancherías de origen zoque, en el norte de Chiapas.
A tres décadas del suceso, el peligro sigue latente. Científicos, vulcanólogos, lugareños y autoridades estatales refuerzan programas preventivos y de alerta comunitaria en los municipios aledaños de Chapultenango, Pichucalco, Francisco León y Ostuacán, porque el volcán sigue activo y es catalogado de alto riesgo.
El Chichonal, junto con el volcán Tacaná, en los límites con Guatemala, colocan a Chiapas como región prioritaria para la vigilancia y monitoreo de esos fenómenos naturales, indicó el Instituto Estatal de Protección Civil
Luis Manuel García Moreno, director del organismo para el Manejo Integral de Riesgos de Desastres, informó que los trabajos preventivos de riesgos del volcán son permanentes en el sitio.
El funcionario asegura que a diferencia de 1982, cuando ocurrió la eventualidad, en la actualidad las instituciones de gobierno, científicas y universitarias disponen de sistemas preventivos de alta tecnología que miden la sismicidad, la temperatura y las aguas termales volcánicas, para determinar y anticipar probables riesgos contingentes.
Recuerdos y leyendas
Ahora, el Chichonal es una gigantesca boca desafiante del espacio, rodeada de grietas y hendiduras exteriores. Del interior de sus aguas termales se elevan vapores sulfurosos, que recuerdan la destrucción que sembró y advierten vitalidad y riesgos.
En la comunidad Nuevo Carmen Tonapac del municipio de Chiapa de Corzo, habitada por pobladores que huyeron de la furia del volcán, se tejen recuerdos y gravitan leyendas alusivas a la montaña “de fuego”.
Las erupciones del también llamado Chichón, comenzaron el 28 de marzo, y prosiguieron el 3 y 4 de abril. La violenta irrupción provocó un cráter de más de un kilómetro de diámetro, 200 metros de profundidad y un lago de aguas verdes sulfurosas, que con los años revitalizó la vegetación y fauna de pequeños reptiles en el interior.
Estaciones de vigilancia
Pedro Damián Domínguez recuerda la huida bajo la lluvia de cenizas en los días de su niñez. A la distancia de los años relata: “Has Jama despertó como una gran serpiente de fuego. Tragó todo lo que encontró en su camino y nos sacó de su territorio”.
“Has Jama no quiere que nadie viva a su lado”, alerta.
Actualmente cada movimiento volcánico es vigilado por una red de tres estaciones sismológicas establecidas en las comunidades Nicapa, Viejo Volcán y Francisco León.
La ingeniero ambiental y experta en sismología del Instituto Estatal de Protección Civil, Andrea González Rojas Vertiz, señaló que las muestras sistemáticas de aguas termales y la actividad sísmica indican que el Chichón se encuentra en un estado de normalidad, según el código de alerta volcánica del Centro Nacional de Prevención de Desastres (Cenapred).
Actividades parecidas se efectúan en el Tacaná, el volcán que se asienta en los linderos con la frontera de Guatemala, donde opera una red de monitoreo sísmico con estaciones distribuidas en las comunidades Pavencul, Chiquihuites y La Patria.
La especialista señala que la atención preventiva para ambos volcanes se concentra en el trabajo integral y oportuno de un comité científico, orientado a resguardar a la población, sus bienes y el entorno.
Ayer un grupo de danzantes zoques escenificaron a las faldas del volcán Chichonal, una mítica montaña, un ritual de convivencia respetuosa… y por la memoria de los primeros 30 años de la erupción.
Agencia El Universal
