Tres historias ficticias sobre la realidad mexicana actual, que aparentemente nada tienen que ver entre sí, están conectadas por un rasgo en particular que nos dibuja de cuerpo entero lo desgastada —y muchas veces con razón— que se encuentra la figura de los presidentes municipales:

1. En la película El Infierno, dirigida por Luis Estrada, aparece un personaje denominado simplemente como “El Alcalde”, interpretado por el actor Emilio Guerrero. Éste, que en apariencia es la máxima autoridad del pueblo donde se desarrolla la historia. Sin embargo, al desarrollarse la trama queda claro que éste en realidad es un empleado de don José Reyes, el capo de la zona, que lo trata como un auténtico pelele. Y cómo no. Si éste le pagó la campaña, y es quien le dicta todas las disposiciones que toma como autoridad. Al final de la historia, el mismo Reyes resulta ser la autoridad municipal de la población, hasta que es asesinado, la noche del 15 de septiembre de 2010, por Beny (interpretado por Damián Alcázar).

2. En la cinta “Sin memoria”, de manufactura nacional, dirigida por Sebastián Borensztein, y también de reciente estreno en las salas de cine mexicanas, aparece un personaje interpretado por Pedro Armendáriz. Éste, simplemente conocido como “Benitez”, es quien desata toda la violencia que se desarrolla en la trama. Esto, debido a que es quien tiene todos los hilos del poder y del dinero, y la capacidad de fuego suficiente como para cumplir con los fines que se ha propuesto el protagonista de la cinta, Beto Santos, interpretado por Emilio Echevarría. Al final, resulta ser que quien pareciera ser todo un capo de la mafia, en realidad es el Alcalde del lugar donde se desarrolla la cinta.

3. En la edición de abril de 2011, la revista Letras Libres presentó una serie de historias sobre la narcoviolencia que vive el país. Una de ellas, escrita por Julian Herbert, titulada “M. L. Estefanía”, imagina la historia de un hombre adicto a la heroína, que contando con la ayuda de un par de amigos —uno de ellos identificado simplemente como “Esquivel”, el cual es “presidente municipal de un pequeño pueblo fronterizo”—, y la protección de una poderosa dirigente sindical del magisterio, amiga de Esquivel, se inventa un “trabajo” robando la personalidad del célebre autor de historias vaqueras del norte del país, Marcial Lafuente Estefanía.
Así inicia una serie de periplos, que comienzan con un pequeño acto de usurpación para dar “conferencias” en escuelas primarias públicas —auspiciadas gracias a un jugoso contrato conseguido por la líder gremial, a través del tráfico de influencias—, sigue con la incursión en el negocio de la extorsión telefónica (ahora diciendo que llaman de parte de un violento grupo criminal), y termina con una cruel masacre a manos de los sicarios a quienes usurparon su identidad para timar a inocentes a través de un teléfono celular.

La conexión entre estas tres historias se encuentra en la imagen retratada de los presidentes municipales de hoy en México: de personajes de dudosa credibilidad, corruptos, sometidos por completo a los poderes fácticos predominantes en la zona, olvidados de los verdaderos poderes del Estado, que desdeñan por completo el mandato constitucional que les fue conferido, y que terminan aprovechando las ventajas de oportunidad que malamente les brindan sus cargos, para tratar de darse la relevancia que no pueden conseguir a través de sus funciones.

Ante este reflejo, habría que comenzar a repensar los alcances de los municipios, y la sustentabilidad que tienen hoy las autoridades municipales. No habrá guerra alguna con posibilidad de ganar, mientras esta realidad retratada, siga siendo también parte de la realidad dominante. Y esto, tenemos que comenzar a pensarlo seriamente en todos los rincones del inmenso, problemático y, por momentos, ingobernable país en que vivimos.