El fin de semana pasado, fuimos testigos de cómo varias personas que no acostumbran ver el futbol, y que se vieron obligados por las circunstancias a presenciar la final de la Champions League, conocieron el amor a primera vista.

Que quede claro: no me considero aficionado al F.C. Barcelona, no me compré mi playera en cuanto vi la capacidad y la popularidad que puede alcanzar un club en tan pocos años, no soy de los que publican en sus perfiles de redes sociales frases como “visca el Barça”, “Més que un club” o cualquier otra leyenda referente al cuadro blaugrana, en fin, no los culpo.

¿Cómo no enamorarse de la simpleza y la tranquilidad con la que once hombres enfrentan el partido más importante a nivel de clubes? ¿Cómo no aplaudir cada una de las acciones realizadas por estos jugadores que en cada jugada logran deleitar nuestra pupila? ¿Cómo no sonreír cuando un cuadro te enseña lo fácil y divertido que aparentemente puede ser jugar al futbol? Y no me refiero únicamente al encuentro del pasado sábado.

Un equipo que funciona como tal, cada elemento con una función clara y bien determinada que ayuda al buen funcionamiento de la escuadra. Un cuadro que en los últimos años ha visto pasar a contados jugadores, a unos cuantos directivos y que, a pesar de eso sigue una misma línea, su filosofía es clara.

No sería justo señalar a algún jugador como el culpable de que el Barcelona juegue de la manera tan sublime en que lo hace, no sería coherente pensar que los logros son producto del trabajo de uno o dos hombres.

No sé cuánto va a durar el buen nivel de este cuadro, algún día tendrá que disminuir, eso está claro. Mientras tanto, considerémonos afortunados de ver y de vivir cada uno de los partidos de esta oncena, que para muchos, ya es la mejor de la historia.


alan_osornio@hotmail.com