La Diabetes Mellitus es uno de los principales problemas de salud que la población mexicana busca resolver mediante el uso de la herbolaria, debido a su alta incidencia: se calcula que aproximadamente 8% de la población la padece, y que por cada persona que se sabe diabética, hay otra que no lo sabe.

Aunado a lo anterior, por su condición de incurabilidad mediante la atención médica alopática, en el nivel popular se buscan opciones terapéuticas acordes con la percepción cultural del padecimiento. Cuando hablamos de diabetes en el nivel popular, debemos tratar de entender cómo las personas conceptualizan el padecimiento, pues ello no necesariamente corresponde a su definición biomédica. De esta manera, encontramos que el síndrome es reconocido comúnmente como “tener azúcar” o “tener azúcar en la sangre”, y se considera que es algo adquirido y por lo tanto, posible de erradicar.

En algunas ocasiones las personas no la clasifican como enfermedad, sino como un “decaimiento”. Su aparición suele atribuirse a experiencias emocionales fuertes -como un susto o un “coraje”-, a un desequilibrio de la dualidad frío-caliente de los alimentos, a la debilidad de carácter para enfrentar los problemas de la vida y a la existencia de antecedentes familiares.

Los síntomas que se observan son el aumento en el número de micciones al día, sed y hambre constantes; algunas de las formas de “diagnóstico” empleadas de manera popular son, por ejemplo, orinar cerca de un hormiguero para ver si las hormigas son atraídas por el dulzor en la orina, o probar directamente la orina.

El dulzor en la orina, y por consiguiente en la sangre, se convirtió en el rasgo característico del padecimiento y en la base para la identificación de muchas de las plantas que fueron incorporadas para su atención. Es decir, se pensó que si el problema se originaba por un exceso de “azúcar en la sangre”, dentro del esquema de opuestos, el problema debía resolverse con la ingestión de remedios de sabor amargo, aunque esto no necesariamente se convirtió en una regla.

Así, la población mexicana empezó el proceso de ensayo de innumerables plantas en la atención de la enfermedad, con lo que se descubrieron algunas alternativas que han resultado eficientes en el tratamiento popular de la diabetes. El número de especies que se utilizan en el país para la atención de la diabetes ha ido en aumento conforme se han realizado un mayor número de investigaciones al respecto.
La cifra más reciente indica alrededor de 300 especies distintas, de las cuales las más usadas son el nopal, la tronadora, el guarumbo, chancarro u hormiguillo y últimamente el wareke o guareque). El nopal tiene uso medicinal registrado desde el siglo XVI para el tratamiento de problemas dermatológicos y urinarios, pero no es sino hasta los años setenta del siglo XX que, luego de una serie de investigaciones etnobotánicas, se le registra para atender la diabetes en la zona de Xochimilco, sin que hasta la fecha se tenga claro el porqué se le empezó a utilizar con este fin. Desde la década de los años ochenta del mismo siglo, se reconoce al nopal como un buen coadyuvante en el tratamiento de la hiperglucemia por su contenido de fibra dietética, es decir, que la fibra presente en el nopal retarda la absorción de glucosa en el intestino, pero estudios más recientes indican que el nopal puede estar interviniendo también en la disminución de los niveles de glucosa en la sangre, sin que se sepa todavía cómo lo hace.

El nopal, repetiremos, es un recurso herbolario muy útil como tratamiento complementario en la dieta del diabético y accesible en precio y forma para la sociedad mexicana, pero no es la curación de la diabetes. El uso de las ramas de tronadora y de las hojas de guarumbo para el tratamiento de la diabetes es reconocido desde principios del siglo XX; de hecho, la tronadora cuenta desde entonces con estudios farmacológicos que corroboran su capacidad para disminuir los niveles de glucosa en sangre.

En el caso del guarumbo, estudios recientes también han confirmado su eficacia como hipoglucemiante, sin que hasta el momento se hayan registrado efectos secundarios adversos. La población mexicana experimenta día a día con nuevas plantas que son incorporadas al tratamiento de la diabetes y que deben ser registradas. Uno de estos casos es la raíz del wareke, claro ejemplo de la necesidad de identificar nuevos recursos herbolarios para problemas de salud apremiantes. Se tiene registro del uso del wareke en el noroeste del país, desde el siglo XVIII, conservándose este conocimiento en las comunidades indígenas yoreme-mayo y yaqui, principalmente.

A finales de los años ochenta del siglo pasado se tienen los primeros registros sobre el empleo del wareke para el tratamiento de la diabetes en el estado de Sonora. Se considera que es una de las plantas con sabor amargo más intenso, y que ha resultado eficiente, en el nivel popular, para combatir la diabetes, además de que los primeros trabajos farmacológicos realizados confirman su acción hipoglucemiante. La aparición del wareke en el mercado nacional de plantas medicinales plantea serios problemas en cuanto la disponibilidad de la planta, ya que sólo crece de manera silvestre y su sobreexplotación puede poner en riesgo la supervivencia de la especie, debido que al extraer, en este caso la raíz, se está impidiendo que las plantas continúen con su ciclo de vida y logren reproducirse.

La necesidad de realizar un mayor número de estudios clínicos con plantas medicinales, es prioritaria, sobre todo ahora que la Organización Mundial de la Salud lo sugiere como uno de los requisitos claves para garantizar la seguridad, la eficacia y la calidad de la herbolaria como uno de los principales recursos terapéuticos de la medicina tradicional o popular.

Finalmente el papel que puedan tener las plantas medicinales en el tratamiento de la enfermedad dependerá de nuestra capacidad de valorar objetivamente el potencial que la herbolaria mexicana tiene para identificar alternativas en el control integral de la diabetes, para lo cual debemos primero conocer este acervo del conocimiento popular, evaluar su eficacia, reconocer sus posibles efectos adversos y despojarnos de prejuicios, recordando que el objetivo último de ambas medicinas, la medicina popular y su herbolaria, y la medicina alopática y su extenso conjunto de opciones terapéuticas, es la búsqueda del bienestar de la población.