Así como un día el capitalismo soltó amarras, desató ambiciones y festejó su salvajismo; así una parte del periodismo dejó un día de ser la correa de transmisión entre gobiernos y sociedad, abandonó su papel de interlocutor responsable frente al poder y se convirtió en cómplice de intereses ajenos, en juez, perseguidor y verdugo sin pruebas ni reparo.
Los Grandes vicios que vemos hoy en quienes ejercemos el periodismo se lo debemos en buena medida a quienes detentan los medios de comunicación. Y nada más emblemático en estos días que el caso de Rupert Murdoch.
Más allá de los cambios que produjo en el oficio la revolución tecnológica, la razón más profunda de su transmutación se encuentra en el hecho de que la noticia se convirtió en un buen negocio, un negocio que permitía ganar dinero pronto y en grandes cantidades. Eso cambió totalmente nuestro ambiente de trabajo. A ello se debe la llegada de grandes capitales a los medios de comunicación y, con éstos, la configuración de los multimedia.
La dirección de los grandes multimedia quedaron en manos de personas que no venían del periodismo ni se interesaban en esta profesión, sino que la veían como una mera herramienta, un instrumento para obtener ganancias altas y rápidas. Eso creó una brecha entre los dueños y gerentes de los medios y nosotros, los periodistas, porque ellos persiguen otros intereses y objetivos.
Este es el cambio más profundo en el mundo de los medios: el remplazo de la ética del periodismo en otra: en una mercancía.
Antes , el valor del texto estaba en dar cuenta de la verdad; la misión del periodista residía en conquistar la credibilidad y el periodismo se enfocaba en servir a la sociedad. Pero ahora, convertida la información en una mercancía bajo las leyes del mercado, el reportero no va en busca de la verdad, sino en busca de acontecimientos sensacionalistas que puedan conmocionar a la audiencia o a los lectores y subir el raiting o los tirajes para obtener mayores ganancias. No importa si lo que transmite es veraz, ni si destruye a su paso vidas o famas, y mucho menos se preocupa por servir a la sociedad.
El periodismo dejó de ser una misión y se convirtió en una mercancía. Ese es el esquema bajo el cual se desenvuelve buena parte del oficio actualmente. Si no tomamos esto en cuenta será difícil comprender el por qué de algunos de los vicios que asoman hoy en día en esta profesión.

Dos periodistas norteamericanos y expertos en comunicación, Bill Kovach y Tom Rosenstiel, han tratado de dar respuesta al último punto, han explorado en diversos países y han hablado con diversidad de colegas sobre lo que es la esencia del periodismo, lo que aún debe pervivir para poder seguir hablando del periodismo no sólo como una profesión sino como una profesión ética. Su experiencia, recogida en el libro Los elementos del periodismo, pone de relieve que el periodismo hoy, incluidas las transformaciones que Internet propicia, sigue teniendo unos principios básicos que le identifican como profesión. Estas normas están recogidas en un decálogo nueve puntos:
“1. La primera obligación del periodismo es la verdad.
2. Su primera lealtad es hacia los ciudadanos.
3. Su esencia es la disciplina de la verificación.
4. Sus profesionales deben ser independientes de los hechos y personas sobre las que informan.
5. Debe servir como un vigilante independiente del poder.
6. Debe otorgar tribuna a las críticas públicas y al compromiso.
7. Ha de esforzarse en hacer de lo importante algo interesante y oportuno.
8. Debe seguir las noticias de forma a la vez exhaustiva y proporcionada.
9. Sus profesionales deben tener derecho a ejercer lo que les dicta su conciencia”.
Partamos de esos principios básicos que debería tener todo aquel que se dice periodista o que detenta o trabaja en un medio de comunicación, para calibrar que tan lejos o cerca estamos de lo que es nuestra profesión.
Si de entrada sonríe y tales principios le parecen una utopía, no me extrañaría. Pero puedo asegurar que, aunque son pocos, hay quienes siguen ese decálogo a pesar de las condiciones adversas en que hay que manejarse y, en muchas ocasiones, a un costo muy alto. Los hay en nuestro país, como los hay en otras partes del mundo.
Decía Ryszard Kapuscinsky, periodista y corresponsal de guerra emblemático, que conviene siempre tener presente que trabajamos con la materia más delicada del mundo: la gente.