Hoy recordamos la muerte de uno de los más grandes directores de toda la Historia el 6 de septiembre de 1988. Akira Kurosawa nació El 23 de marzo de 1910 en Tokio, “El emperador”, el maestro japonés más occidental, el responsable de obras de arte tan influyentes como ‘Rashomon’ (1950) o ‘Los siete samuráis’ (1954). Vamos a aprovechar que hoy lo recordamos para llenar un poco ese vacío.
Descendiente de auténticos samuráis, Kurosawa empezó su relación profesional con el cine en 1938, cuando se interesó por un programa de aprendiz de director organizado por un gran estudio, el mítico Toho (de donde sale Godzilla, por ejemplo). Tras trabajar como asistente de Kajiro Yamamoto, en 1943 tiene su primera gran oportunidad dirigiendo ‘La leyenda del gran judo’ (‘Sugata Sanshiro’), una película propagandística que obtuvo un gran éxito de público; inevitablemente, los inicios del cineasta están marcados por la segunda gran guerra y el control del gobierno japonés (si bien la censura no le dejaría pasar ni una escena romántica).
Siete años tras su primer film se estrenó ‘Rashômon’, ganadora del León de Oro en la Mostra de Venecia y de un Oscar honorífico (dicen que fue la razón de crear la categoría de “mejor película de habla no inglesa”); es el título con el que Kurosawa empieza a ser conocido y venerado internacionalmente. De fuerte carácter, con fama de gran perfeccionista en los rodajes y admirador confeso de John Ford.

El estilo narrativo de Kurosawa es extraordinariamente rico. Ajena a ese estatismo que, de una forma generalista, los críticos occidentales achacan a la cinematografía japonesa, la forma de hacer cine de este realizador tiene muchos puntos de contacto con el cine de Hollywood. En cuanto a los contenidos, predominan las tragedias épicas, muy próximas al universo de Shakespeare. Películas como El trono de sangre (1957) demuestran hasta qué punto las obras del dramaturgo británico influyen a Kurosawa a la hora de urdir sus tramas argumentales. El realizador japonés es, sin duda, el más internacional de los cineastas de su país. Varias de sus películas han sido adaptadas en nuevas versiones por directores occidentales y directores como Steven Spielberg, Sam Peckinpah, William Wyler, Francis Ford Coppola o Martin Scorsese han reconocido su admiración por él. A mediados de los años 90, pese a su edad y problemas de salud, la actividad de Kurosawa era constante, no resignándose al retiro, aunque por razones médicas debía guardar.
El japonés fallecería el 2 de septiembre de 1998, cinco años después de su último trabajo, ‘Madadayo’.

El perro rabioso’ (‘Nora inu’, 1949)
En la Tokio de la posguerra, un joven detective ha perdido su pistola, y con ella su honor. Para colmo, el arma es usada para el crimen, por lo que el protagonista deberá hacer lo imposible por resolver el caso, en una búsqueda que le llevará por los bajos fondos de la ciudad. Por suerte no está solo, le acompaña un veterano policía del que aprenderá más de una lección. Una de las joyas de cine negro que rodó Kurosawa, asfixiante (casi se nota el calor) y entretenidisíma, protagonizada por los sensacionales Toshiro Mifune y Takashi Shimura.

‘Rashômon’ (1950)
Una de las míticas, de imprescindible visionado para cualquier aficionado al cine. En esta ocasión, Kurosawa nos traslada al siglo XII, donde, bajo las ruinas de un templo, se habla sobre un complicado caso asesinato. Al parecer, un bandido ha sido acusado de haber matado a un señor feudal y de violar a su esposa, pero… ¿quién dice la verdad? La película se hizo famosa por su estructura dividida, para mostrar las diferentes versiones de los implicados en el crimen. Debería estudiarse en las escuelas.

‘Vivir’ (‘Ikiru’, 1952)
Una de las películas más emocionantes de este genial cineasta. Protagonizada por un impresionante Shimura, ‘Vivir’ se centra en la reflexión y el cambio de actitud de un veterano y aburrido funcionario, que se da cuenta que ha estado desperdiciando el tiempo cuando se enfrenta al final de su vida. Preciosa, humana, crítica y, de nuevo, perfectamente digerible para el público occidental.



‘Los siete samuráis’ (‘Shichinin no samurai’, 1954)

Japón, siglo XVI. Un pueblo de campesinos está harto de tener que entregar sus cosechas a una banda de ladrones, así que deciden contratar a un grupo de mercenarios para que los defiendan. Y así da comienzo una auténtica gozada de más de tres horas; fotografía impresionante, ritmo endiablado, personajes memorables, diálogos fantásticos, secuencias abrumadoras… Sencillamente, una de las mayores obras de arte que ha dado el cine.

‘Trono de sangre’ (‘Kumonosu-jô’, 1957)
Misma época. De vuelta a casa tras una contienda victoriosa, un general se encuentra con una anciana que le revela un destino de riqueza y poder. Desde ese momento, e influido poderosamente por su mujer, el general quedará envenenado y no se detendrá ante nada por cumplir su destino. Kurosawa adapta ‘Macbeth’ de Shakespeare, resultando una película fascinante, con uno de los finales más impresionantes de su filmografía.


‘Barbarroja’ (‘Akahige’, 1965)

bientada en el siglo XIX, la historia se centra en un joven arrogante que regresa a su hogar tras acabar sus estudios de medicina, siendo destinado a una clínica desastrosa dirigida por un doctor al que llaman Barbarroja. De nuevo, la relación entre el maestro y el aprendiz en otra obra maestra que desgraciadamente supuso el punto y final de la mítica relación entre Kurosawa y Mifune, que por cierto aquí está especialmente inspirado, componiendo un personaje inolvidable. Tres horas de puro cine.

Kagemusha, (La sombra del guerrero, 1980)

Kagesmusha es un film sencillo que enamora por la claridad de su mensaje y sobretodo por la belleza de sus imágenes. El extraordinario cuidado que Kurosawa ponía en la puesta en escena, el pictorialismo que inunda todos y cada uno de sus encuadres, encuentra sus referentes más claros en este caso en la pintura tradicional japonesa y en los grandes frescos renacentistas de las batallas de Paolo Uccello, a cuyo amontonamiento de lanzas y jinetes recuerdan el avance y la lucha de los ejércitos en este film. Al igual que en Ran (1985), la paleta cromática de Kagemusha se asienta en el juego entre los tonos rojizos, los verdes, los azules y los amarillos, un juego que da sus ejemplos más brillantes en la secuencia onírica de la pesadilla de Kagemusha –que recuerda en sus fondos pintados las visiones imaginarias de Dodeska'den o el tratamiento pictórico de Los sueños... – y sobretodo en las secuencias en el campo de batalla, en muchos casos bajo un espectacular sol crepuscular o tintadas con las tonalidades azuladas de la noche (no hay que olvidar que Inoshiro Honda fue ayudante de dirección y asesor visual del film). De entre ellas, quizás la más bella muestra sea la masacre final ya mencionada, en la que un día radiante de cielo azul y praderas verdes, complementado con el colorido de los ejércitos, acabará sin embargo por ser violentamente dominado por el rojo de la sangre de los cuerpos de los derrotados.













@apontealcar