El uso inadecuado resta valor a las palabras. Palabras como terrorismo, fascismo, socialismo o comunismo se difuminan en el inconsciente colectivo, perdiendo exactitud y corrección.

El presidente Calderón cometió el error mediático de denominar el ataque al Casino Royale como actos de “terrorismo”. Atrayendo la atracción mediática de los analistas y los opositores, parece errático el haber mencionado esta palabra en dicho contexto específico.

Este error revela dos aspectos de la condición del discurso oficial: en primer lugar, confusión en Presidencia ante la incapacidad de justificarse ante la opinión pública con criterios consistentes; y en segundo, la interpretación superficial y dogmática del problema de seguridad que se ha mantenido desde el inicio de la estrategia.

La confusión se manifiesta en la incapacidad de convencer a una opinión pública cada vez más escéptica del “buen rumbo” de la estrategia de seguridad. A pesar de la insistencia mediática en la captura de criminales, los niveles de violencia no disminuyen, ni se debilita el crimen organizado. La mitológica campaña de Alejandro Poiré, simplemente no logra convencer a la población. La estadística híper-específica no convence a nadie con capacidad de análisis y pensamiento crítico. Ante éste escenario el discurso recurre a estrategias de convencimiento cada vez más irracionales y desesperadas, llegando a su exégesis en la adopción de los reclamos al gobierno como propios (ver las contracampañas en twitter) y la inclusión desatinada del término terrorismo en el discurso oficial.

El terrorismo se define como la infusión de miedo en la población, a través de actos violentos en espacios estratégicos (generalmente públicos) y tienen el rasgo característico de ser de carácter ideológico. Los más famosos grupos terroristas tienen motivaciones ideológicas, religiosas e independentistas. El crimen organizado (mal llamado “narco”) tiene esencialmente fines económicos, y nace del vacío institucional y la miseria.

La incapacidad de entender esta distinción fundamental, revela la incapacidad de entender bien el problema por parte del Gobierno Federal. La estrategia de seguridad, esencialmente militarista desde su inicio, adquiere en el discurso el carácter de lucha integral. Los intentos de corregir el rumbo no llegaron sino hasta 4 años después de iniciada la estrategia, con la promulgación de la Ley contra el Lavado de Dinero.

La estrategia está incompleta, no hay un sólo indicador de resultados completos, sólo estadística lanzada al aire. Los defensores de la estrategia, ante su incapacidad de análisis (o ambición de mantener el hueso más grande posible) ven actos valientes y oportunos. La realidad nos muestra una decisión torpe y precipitada que parte de una mala concepción del problema de seguridad nacional. Ven un dualismo reduccionista entre la estrategia calderonista y los pactos del PRI. Toda concepción ajena, es un mito.

La misma lógica tiene defender la estrategia al alegar que el Presidente no manda a matar a las personas, que inferir que en el Bronx la tasa de homicidios es mayor que en Cd. Juárez. El rumbo perdido de la estrategia, la misma inexactitud de análisis al denominar terrorismo a un acto de delincuencia organizada. La pobreza en resultados es directamente proporcional a la pobreza del análisis.