La semana pasada la ciudad de México y sus habitantes sufrimos un adelanto de lo que padecemos año con año por el mes de mayo: marchas, plantones y manifestaciones de maestros. Esta vez el pretexto no fue las mejoras salariales, aunque no estuvieron exentas en las negociaciones; hubo un asunto más importante que logró la unión –algo que parecía imposible– entre los maestros de la CNTE y el SNTE: la demanda de la cancelación de la evaluación universal de los docentes.

Si partimos del hecho de que el principal problema en México es que la educación está secuestra por los propios maestros, entenderemos por qué con la mano en la cintura, parte del gremio, colapsa la ciudad de México. En la letra el Artículo 3º constitucional dice que la educación es una obligación del Estado; en los hechos es un bien negociable de los maestros y a sus líderes sindicales.

El problema de la educación ya se convirtió en un lío perverso. Los mentores exigen todo y conceden nada; demandan mejores salarios y prestaciones, aumentar sus privilegios, pero su moneda de cambio es hacer marchas, plantones y paros a la menor provocación, afectando el aprendizaje de los alumnos y el nivel educativo de México.

La evaluación universal de los docentes está programada para junio. En marzo, con esta marcha-plantón de protesta, no sólo violentaron una ciudad ni interrumpieron la vida de los ciudadanos, pusieron a las autoridades en jaque sobre el asunto de la evaluación magisterial y la exigencia de plazas vitalicias y hasta hereditarias, sino que además, como “premio”, la Secretaría de Gobernación instala una mesa de inmediato para revisar el asunto y les otorga más prestaciones económicas a los maestros. ¿Qué nos espera a los ciudadanos para mayo y junio por parte de los responsables de la educación en México? Pero además, gracias a estas demandas ¿cuánto hemos avanzado en la calidad de la educación en el país?

Mejorar la calidad de la educación en México es una prioridad social, económica y sí, hasta política, debido a que año con año la pobreza crece, la desigualdad aumenta y la criminalidad priva en cada rincón del país. Y ante estos problemas sociales no hay un sistema educativo robusto, bien estructurado, que brinde a los niños y jóvenes una oportunidad real de transformar su realidad. La baja calidad en la educación repercute directamente en el nivel de desarrollo que podemos alcanzar como nación. Y si lo sabemos, por qué magisterio y autoridades dicen que “sí”, pero no hay resultados tangibles que demuestren lo contrario.

De acuerdo con datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), México es el país que más invierte del presupuesto público en educación, cerca del 22 por ciento, aunque más del 90 por ciento del mismo se va principalmente a sueldos del magisterio. Entonces, no es un asunto de recursos. Países en todo el mundo, con menos presupuesto, tienen mucho mejor nivel educativo que el nuestro.

Mejorar la calidad de los servicios educativos, incrementar los niveles de logro académico y reducir las tasas de deserción no son temas exclusivamente de presupuestos, aquí tiene que ver, y mucho, la voluntad, la visión de Estado de todos los sectores involucrados, porque la educación no es un asunto prioritario de los maestros y las autoridades, todos somos responsables del mal nivel, pero también de que no se hayan concretado las reformas, de que le tengamos miedo al cambio, de que no caminemos hacia una transformación real y medible de todo lo que representa el sistema educativo de México.

El cambio no será fácil, cierto. Conllevará costos políticos, muchos. Pero por posponerlo indefinidamente, cada día más, las autoridades son rehenes de los maestros y la educación sigue secuestrada, estancada.

Los milagros no existen, ni en educación, ni en ningún otro asunto. Nada se soluciona por decreto. Para la crisis que padecemos en el sistema educativo se requerirán años de constante esfuerzo, de trabajo serio, acucioso, de no bajar la guardia, sólo así se podrán lograr mejoras sustanciales y medibles. Otros países lo han logrado, en México, ¿cuándo decidiremos?