Siempre que en política se habla de los jóvenes, todos reconocen la importancia y trascendencia de su participación e involucramiento en el ámbito; sin embargo, el complejo escenario social del país inhibe aún más la participación del sector, en especial en las formas tradicionales de hacer política.

Nos guste o no reconocerlo, en México ha prevalecido una dinámica política paternalista y corporativista que complica el involucramiento de los ciudadanos de a pie; los partidos políticos han secuestrado los espacios públicos y hasta hoy poco se ha avanzado en la participación ciudadana directa.

En el país hay cinco millones y medio de jóvenes que no les interesa la política, el hecho resulta grave porque la fuerza de ese sector puede definir quién será el próximo Presidente de México y darle mayoría en el Congreso al partido de su preferencia. De ahí estriba la importancia de incentivar a este grupo de la población a tener mayor activismo social y político, porque solamente mediante su participación se puede transformar al país.

Si reconocemos la importancia de la participación de los jóvenes, ¿por qué no logramos su incorporación masiva en la vida política del país? El reto es resolver la paradoja que existe entre el distanciamiento que tiene la juventud respecto de los políticos, los cuales, quizá, hemos hecho lo suficiente para consolidar esa distancia, y la necesidad de que los jóvenes no renuncien a su participación en los espacios democráticos, porque sólo así pueden lograr los cambios que se requieren para que sus reclamos sean atendidos.

Vivimos un año electoral marcado por la incertidumbre, la decepción de la alternancia, el nulo avance del país, las crisis económicas recurrentes, campañas y discursos electorales con métodos de saturación de mensajes, alejados de las necesidades y demandas de los mexicanos, principalmente de los jóvenes. Se cree que se cumple con los jóvenes al ofrecer programas deportivos, sociales y culturales, pero estos son sólo paliativos.

La verdadera oferta para los jóvenes debería ser darles todas las herramientas y los medios para hacerlos libres, autónomos, es decir, autodependientes; jóvenes emprendedores y empoderadores.

Trabajar para incentivar, con hechos y no con palabras, la participación de las nuevas generaciones en actividades partidistas.

Esta será la única manera, mediante el involucramiento político de los jóvenes, como se podrán dar de una manera más ágil los cambios que anhelamos para nuestro país.

El reto no es fácil. La política no es de interés para los jóvenes: cuatro de cada cinco no se sienten atraídos por la actividad partidista y prefieren otras formas de participación social, tales como la actividad deportiva o, en menor medida, cultural o religiosa. El hecho no es gratuito, se debe, sin duda, a que no hay una oferta política atractiva para la juventud.

Aunado a todo lo anterior, hay que reconocer que en México, por la situación social, política, económica y de inseguridad que se vive, además de la desigualdad social que prevalecen el país, los jóvenes se mueven y desenvuelven en un ambiente adverso, y de ahí se deriva su indiferencia, desaliento y hasta rechazo a participar en la vida política del país. Como clase política ¿cómo exigimos su involucramiento, si poco se ha avanzado para transformar su entorno y cambiar su situación adversa?

En este contexto, y teniendo como marco el proceso electoral que vivimos, como ciudadanos escuchemos con atención los planteamientos de los políticos y cuestionemos a todos aquellos que aspiran a un cargo de elección popular, para elegir con argumentos y no a ciegas. Conocer los planteamientos de los candidatos e intercambiar opiniones sobre ellos nos ayudará a alejar el desánimo, la apatía, el desinterés y nos hará conscientes sobre la compra de conciencias. Lo más preciado que tenemos los seres humanos es la libertad, en su más amplio sentido, no dejemos que nos arrebaten los derechos democráticos que tanto trabajo nos ha costado conquistar.

El próximo primero de julio tenemos en nuestras manos, en nuestros derechos, la decisión de elegir con conciencia y libertad. No pensemos en lo inmediato, en la compra de conciencias o en las ofertas llenas de demagogia; pensemos a futuro, a largo plazo, pensemos que país queremos tener y seamos conscientes que tenemos que construirlo desde ahora. No podemos experimentar más.