Dos candidaturas, dos perfiles soportados con estigmas sin justificar lo que se dice y se cree, o cuando menos genera condicionamiento de premisas sin referentes ciertos. Los dos candidatos punteros se sitúan en descripciones conexas con personajes políticos que están muy lejos de su alcance real, para bien o para mal, no son ni con mucho cercanos a quienes se consideran ejemplos o moldes propicios para hacer comparaciones incómodas y que verdaderamente les resultan muy pero muy lejanos.

A Peña Nieto del PRI y PVEM se le imputa ser hijo adoptivo del grupo Atlacomulco, que tiene como bastión el Estado de México y como impulsor político a Carlos Salinas de Gortari, adjudicándole una perversa cercanía, amistad, tutoría, complicidad, incluso, hay quien afirma que el innombrable, el más malo de los malos es padrino del candidato. Nada más lejos de la realidad, bastaría revisar historias, fechas, trayectoria de ambos, para darnos cuenta que los tiempos de uno no son los del otro.

En 1988, Peña apenas hacia los mandados en la campaña de Emilio Chuayffet y para 1995, su tío, Arturo Montiel lo juntó como subcoordinador financiero de su campaña, hasta el 2003 salta a una diputación por Atlacomulco; para entonces Salinas de Gortari ya estaba autoexiliado en Irlanda.

No, no son del mismo equipo, aunque eso no quita ni pone más responsabilidades de las que si tiene en su desempeño político: el caso de San Salvador Atenco, represión excesiva, abuso de la fuerza pública en la que se pisotearon los derechos humanos y se hizo caso omiso a las recomendaciones de la CNDH, el caso Paulette, el alto número de feminicidios, la creciente inseguridad y la impunidad de capos en el Estado de México.

No cabe duda que el estigma Carlos Salinas, pretende ensombrecer al candidato presidencial del PRI que por sí mismo arrastra sus propias tinieblas, que no logra maquillar con su fuerte campaña mediática, frente a un electorado convulsionado y evidentemente dividido.

A Andrés Manuel López Obrador, candidato del PRD, PT y MC, se le vincula con el presidente venezolano Hugo Chávez, se dice que así son los de izquierda, se le atribuyen calificativos como populista, radical, autoritario, expropiador sin ton ni son y hay quien lo acusa incluso de “hereje”.

El mismo candidato López Obrador se deslinda de esta perversa comparación, “ni lo conozco, es una campaña de desprestigio”, dice y tiene razón. Muy poco tienen en común Chávez y AMLO, casi nada.

AMLO no es socialista, aunque si populista, nunca ha hablado del proyecto Bolivariano ni de los mecanismos anti neoliberales que modifiquen de fondo la política económica capitalista; AMLO tiene acuerdos con grandes empresarios, habrá pactos con jerarcas religiosos que impedirán de facto un verdadero estado laico; aunque sus reacciones son radicales no se traducirán en cambios estructurales; en fin, Chávez nunca negó su propuesta política socialista, con lo que esta implica frente al poder globalizador.

En ambos casos los candidatos niegan la relación y argumentan expresamente no tener relación de dominio político con los personajes con quien se les pretende relacionar en perjuicio de sus respectivas postulaciones; claro que no es real la supuesta incidencia ni en los alcances políticos ni en los principios ideológicos.

Salinas de Gortari es un político determinantemente conocedor de la política económica neoliberal, funcionalista de Estado, que implicó las bases teóricas de Parsons en un modelo neocapitalista con políticas sociales novedosas que le permitieron legitimarse en el ejercicio del poder alcanzado impositivamente.

La astucia política de Peña Nieto no alcanza estos niveles, por lo que acude a su imagen y a las fructíferas alianzas con los poderes mediáticos monopólicos y a la retórica del nuevo PRI.

Hugo Chávez, militar de carrera y convencido socialista, basa su política de Estado en el cambio social a través de la revolución Bolivariana y la permanente transición democrática desde los principios del nacionalismo y la justicia social. Las nuevas alianzas con los núcleos más desprotegidos, la autodeterminación del pueblo a partir de la educación popular y la cultura de solidaridad que combate las viejas expresiones oligárquicas, las concentraciones criminales de la riqueza y el poder manipulador de la jerarquía eclesiástica.

El discurso maniqueo de López Obrador no asume posiciones teóricas ideológicas, sin aludir al socialismo como tal, solo se queda en el populismo y la soberanía tan aludida se basa únicamente en la renovación de votos de amor y perdón con el objetivo fundamental de “serenar” al país.

Ambos candidatos e incluso la candidata del PAN – Josefina Vásquez Mota, con sus pocas posibilidades- han caminado electoralmente desde el poder de los medios de comunicación -los de siempre y los de ahora- frente a las masas (teoría estructural funcionalista de Lasswell) persuadiendo por medio de las siguientes preguntas: quién dice que, a través de qué medio, a quién y con qué efecto, preguntas referidas al poder político de los medios y al análisis de contenidos de lo que transmitan. La transmisión es superficial y alude al aspecto noticioso que permiten capitalizar los discursos en un primer momento. Es decir, las campañas son mercancía, juego del mercado mediático.

Y mientras los estigmatizados candidatos endurecen sus campañas con insultos frenéticos o subrepticios, descalificaciones y hasta amenazas abiertas o veladas, con propuestas populistas superficiales sin fondo político, sin sustento en agendas que realmente respondan a las múltiples necesidades sociales y económicas que refrenden su compromiso serio en rubros trascendentales, la ciudadanía divide sus preferencias con una serie de interferencias mediáticas, que a pocos días de la elección se percibe confusión y hartazgo por un lado, y por otro, decisión irrevocable del electorado duro que se manifiesta intolerante y dispuesto a todo por “el cambio” que ambos candidatos ofrecen.

Las opciones se diluyen, impactan razonamientos individuales y colectivos hay quienes opinan que Peña Nieto representa la corrupción y la intolerancia autoritaria del viejo PRI, alguien más arguye el mesianismo y la soberbia obstinada de López Obrador, ¿quién piensa en el mujerismo conservador de la derecha representada por Vásquez Mota? ¿quién representa un mal menor? y claro también está la tercera vía, anular el voto considerando que es indigno conformarnos y avalar lo menos peor, decisión personal que solo requiere del respeto y la propia convicción.


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