Carta dirigida a mi ahora ex Yaris rojo 2009. Si algún día lo ven por la calle, favor de hacerle saber estas líneas.

Catarina:

Imagino el desconcierto que sentiste cuando te estacioné en un cajón como tantas veces y regresó otro hombre a ocupar mi lugar.

Aún conservo las imágenes de todo lo que pasamos juntos, de cada una de las personas que estuvieron encerradas conmigo en tus entrañas; de cada abrazo, beso, “hasta luego”, “hasta nunca” que di y recibí en ese lugar tan mío que eras tu.

Pero en esta cosa tan compleja y fugaz que es la vida, los lugares donde has sido feliz son sitios peligrosos para el porvenir. Puedes aprender a vivir con ellos, pero es muy difícil comenzar a abrazar la cruz de la felicidad pasada, la mayoría de las veces es preferible dejarlos ir, esperando reír y vivir de nuevo.

Sé que para ti ahora soy un ente calculador, frío y malévolo el cual te vendió al mejor postor, olvidando y siendo un completo ingrato contigo que estuviste en el dolor y la dicha. Sé que no puedo hacer nada para cambiar esa última impresión que te llevas de mí, con el tiempo asimilarás, como lo he hecho yo, que los finales son duros, pero a la vez marcan el inicio de un nuevo episodio en la serie de nuestras vidas.

Es muy fuerte decirlo, pero incluso las leyes del mercado me obligaron a decirte adiós. Cada día, semana, mes, valías menos, te encarecías injustamente, ya que ninguna cifra puede resumir de manera fiel tus capacidades y entereza ante esta calamitosa Ciudad de México. He ahí que este adiós tuviera que ser precisamente ahora, no había más tiempo para temer el despedirme de ti.

No sé qué más decir, creo que una última anécdota no estaría mal.

Antes de llevarte con quien ahora es tu dueño (suena tan duro eso) te limpié como pocas veces, en silencio, para que no sospecharas el porvenir. Una vez que estaba con el comprador, me invitó a observar una última vez si no dejaba algo dentro tuyo (ingrato hombre, dentro tuyo dejaba un pedazo de mi).

Al alzar la tapa de la cajuela encontré una prenda de aquella, la bella. Ahí la dejé Catarina, te vas con ella, a un lugar el cual no tengo idea dónde sea, ¡qué bueno!

Libera y duele decirlo: La tormenta era adentro. Es hora de caminar.

Adiós.