Era el martes 29 de mayo de 2012, mis compañeros que hasta esa mañana coordinaban las acciones y decisiones de un ente desconocido para mí, llamado Asamblea Yo Soy 132-ITAM, habían convocado a la primera reunión abierta de este organismo.

Decidí aceptar la convocatoria porque quería externar mi descontento con un asunto que consideraba y sigo considerando cardinal: En los días anteriores al 29 de mayo, de cinco apariciones de integrantes del movimiento en medios de comunicación que pude registrar, cuatro habían sido estudiantes del ITAM.

Dicha realidad me parecía bastante arrogante, porque una cosa es que mis compañeros de aula tuvieran la posibilidad de contactar medios de comunicación y otra es que los monopolizaran para únicamente aparecer ellos.

Más preocupante me parecía el hecho porque tenía entendido que uno de los principales puntos en la agenda del movimiento es la democratización de los medios de comunicación.

Con esa inquietud llegué aquella mañana; la externé en una de las tres intervenciones que tuve. Uno de los principales puntos que se tenían que discutir en la asamblea era la rotación y designación de los voceros del ITAM, ya que al día siguiente acontecería la ahora paradigmática primera asamblea general en las islas de la UNAM.

Mi sorpresa, enojo, indignación y decepción fue mayúscula con lo que a continuación sucedió. Como la asamblea se estaba desarrollando en los jardines de la institución, era bastante complicado ponerse de acuerdo en un método de elección, situación que consideré la sabrían resolver reacomodando la asamblea a un aula para escoger alguno de los más de cinco métodos de elección que los politólogos del ITAM (de los cuáles varios estábamos ahí) conocemos desde los primeros semestres.

Pero lo que sucedió fue inaudito. Los dirigentes no hicieron el mínimo esfuerzo por trasladar la asamblea a otro sitio, al contrario, se apresuraron a volverse a proponer como dirigentes, voceros y escogieron como método de elección hacer dos filas, una por candidato, en las cuales el ganador era quien acumulara más cabezas.

Los estudiantes universitarios se dejaron acarrear entre gritos y risas, seleccionando como voceros en un legítimo y contundente proceso a los mismos personajes que curiosamente ya eran voceros antes de la asamblea.

Permanecí apartado de la elección a todas luces democrática (para una tribu de cavernícolas). Me retiré a continuar con mi vida, sin olvidar el hecho tan degradante que había observado.

Hoy no hay día que no sepa de mis compañeros del ITAM. Prendo la televisión y los veo en Shalalá, abro una revista y me miran intensamente, escucho la radio y me hablan al oído. Y creo que nunca, nunca me había sentido tan triste al saber de una persona…