El dinámico debate en espacios legislativos y en la opinión pública presenta una gran oportunidad para los sindicatos: la de demostrar su patriotismo y su creatividad para conciliar las prerrogativas de sus agremiados con los beneficios a la nación.

Actualmente los sindicatos no se encuentran en su mejor momento histórico. Nacidos durante la Revolución Industrial, recibieron impulsos decisivos provenientes del pensamiento social cristiano (con la encíclica papal Rerum Novarum) y de diversas corrientes de la llamada izquierda. En una sociedad plural que ve con desconfianza creciente los dogmas ideológicos, es escaso el poco apoyo político en que se pueden traducir dichas banderas.

Igualmente, la tecnología de la comunicación ha puesto en jaque la credibilidad de algunos líderes. Lejos estamos de aquellos tiempos en los que el dirigente controlaba el flujo de información vital, con la débil oposición que le representaban los pasquines y panfletos difundidos subrepticiamente. Es por ello que actualmente pocos sindicatos presentan frentes unidos; en los más hay controversias y disidencias aguerridas que pugnan por la democratización interna.

Además, tanto el advenimiento del internet como de una prensa más libre e incisiva han desnudado los excesos de algunos dirigentes laborales —que no todos, eso hay que remarcarlo.

Aunque por cada líder que exhibe impúdicamente su riqueza y su poder hay una centena que son honorables, desgraciadamente para la causa del sindicalismo son esos pocos los que han generado un brutal desprestigio a la colectividad: hoy son escasos los mexicanos que califican a los sindicalistas como honestos o democráticos.

Una de las más evidentes pruebas de ello fue el debate que se dio durante las elecciones, en el cual varios dirigentes laborales fueron los “villanos favoritos” para la opinión pública.

Igualmente lo fue el caso de la extinción de Luz y Fuerza del Centro: a pesar de que injustamente se cortaron de tajo decenas de miles de fuentes de empleo, la sociedad lo vio con indiferencia. Ya sin respaldo de la opinión pública, las protestas del Sindicato Mexicano de Electricistas en poco tiempo fueron nulificadas y hoy poco pesan en el panorama nacional.

Estas lecciones no deben pasar desapercibidas para los trabajadores organizados: seguir defendiendo por solidaridad gremial a esos escasos líderes corruptos debilita al sindicalismo, lo hace vulnerable ante embates autoritarios y, lo que es más grave, lo aleja de la sociedad.

El mismo efecto provoca escudarse en un concepto radical de la autonomía para rechazar dos valores que la sociedad mexicana hoy tiene como indispensables: la democracia y la transparencia. Si en todos los órdenes de nuestra vida comunitaria estamos avanzando en esos rubros, ¿qué beneficio puede obtener el sindicalizado de mantenerse al margen, abrazado a prácticas del pasado?

Ciertamente, sí hay algunos privilegios en sostener la opacidad y el autoritarismo, pero tan solo tendrán efecto a corto plazo y condenarán a México a rezagarse, aún más, en la carrera económica mundial.

Es por ello que quienes reconocemos el aporte histórico de los trabajadores organizados, quienes reconocemos su esfuerzo y su valor, esperamos que actúen con generosidad en este momento crítico, pues el sindicalismo del siglo XXI será democrático o no será.



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