Trabajo generado en la clase de Taller de Lectura y Redacción II

Se define la agresividad como una explosión vital, una fuerza neutra que lleva todo individuo dentro de sí, que es necesaria para sentirse vivo, para manifestar su existencia, lo que es distinto al concepto psicológico tradicional, que le da un matiz negativo y la considera como una tendencia o intención de agredir. Sin embargo, teorías más recientes agregan que es un rasgo más de la personalidad, una energía vital que todos llevamos dentro.

Ambos conceptos son aceptados, dependiendo del uso que se le dé: La negativa se convierte en agresión, mientras la positiva forma parte del desarrollo, permitiendo al adolescente conocerse a sí mismo y seguir creciendo. Cuando se reprime por cualquier circunstancia, se originan traumas que con el tiempo pueden estallar. Por lo tanto, la agresividad debe encausarse en forma constructiva para evitar que se manifieste en violencia, indisciplina, apatía, derrotismo, fracaso y resentimientos, que pueden formar una mezcla difícil de superar.

Para evitarlo, es necesario observar al adolescente, vigilar su comportamiento, indagar qué siente y cuáles son sus emociones y su mundo interior; buscar solución a sus conflictos dándole alternativas, comprender su conducta y tener siempre comunicación armónica de acuerdo a su edad y su personalidad: introvertido, extrovertido, activo, pasivo, temeroso, etc. Antes de tomar una decisión los padres deben ponerse de acuerdo.

Las diferentes etapas de la vida son decisivas en la formación y desarrollo. La etapa infantil se caracteriza por la repetición o imitación a las personas y medio que le rodean, sin la preocupación de los problemas de los adultos ni de los incidentes que no le afecten directamente. En la adolescencia se manifiestan las actitudes agresivas y rebeldes, porque surge la idea de que al joven no se le entiende, no se le quiere, no se le comprende. Es una edad peligrosa y delicada porque es cuando se forma y define la personalidad. Se muestra una indecisión que provoca acciones violentas con el deseo de causar daño, por lo que es conveniente recibir y aceptar apoyo de modelos aceptables y aceptados por la sociedad de la que formamos parte.

La explosión emocional en el adolescente llega a tal grado, que se ama y se odia con la misma intensidad. Los padres y profesores son determinantes para evitar desviaciones hacia lo incorrecto. Para que esa rebeldía y exceso de energía no tengan consecuencias desastrosas, es necesario orientar a los jóvenes para que su agresividad sea encausada y le ayude a fortalecerse a sí mismo.

El NO común e inmediato, suele resultar perjudicial, porque sólo es recomendable en casos de peligro. Los castigos, amenazas, golpes y humillaciones, pueden ser efectivos momentáneamente, pero no corrigen la conducta. Los sobornos, o chantaje emocional, igualmente resultan negativos a largo plazo. Los estímulos pueden ser más efectivos.

La frase muy conocida de que la libertad de un individuo acaba donde empieza la de los demás, hay que enseñarla y explicarla al adolescente, para que norme su conducta. Al intervenir en los conflictos de los hijos, se debe ser claro, coherente, alternativo y proceder con educación y cortesía. Es conveniente tomar en cuenta la influencia que ejercen en el joven, los hermanos, abuelos, padres, amigos, profesores y el medio y aficiones, como las lecturas, la televisión, el internet y las prácticas deportivas.

Asimismo, en la resolución de un conflicto, es aconsejable emplear un elemento que tal vez se haya devaluado por el abuso social que arrastra y que ha quedado en mero formalismo, perdiendo su profundo significado: El perdón. Hay que explicarlo para comprender su significado. La disculpa no quiere decir que uno tenga la razón y el otro sea culpable, por eso debe ser mutua, haciendo entender a los jóvenes que cuando discuten acaloradamente o pelean, ambos pierden.

Pedir perdón es reconocer la equivocación en la forma de solucionar un problema; es reconocer la necesidad del otro de recibir nuestro cariño a pesar de lo sucedido. Esto no es tan sencillo, pero el beneficio que aporta es como una bocanada de aire fresco en un ambiente viciado donde era difícil respirar. Es abrir una ventana al aire fresco.

En la encuesta realizada sobre la agresividad que posee cada joven, y su forma de manifestarla, la gran mayoría, aproximadamente el 80 por ciento, dijo que ha utilizado más la agresividad en el aspecto negativo, puesto que en el medio estudiantil, y juvenil en general, son frecuentes los malos entendidos que conducen a manifestar la agresión por medio de insultos o golpes. Asimismo, un porcentaje semejante dijo que tiene buenas relaciones familiares, y que sus padres procuran orientarlos, a efecto de que encaucen positivamente la agresividad que todos poseemos.