LAS NOSTALGIAS POR LAS MONTAÑAS Y LOS VIAJES DIERON A NADIA LÓPEZ GARCÍA LA FUERZA PARA APRENDER, A LOS ONCE AÑOS, DE VOZ DE SU ABUELA Y DE SU BISABUELA, EL MIXTECO, LA LENGÜA QUE LA ANCLA EN LA POESÍA Y EN LA ESCRITURA QUE VUELVE PATRIA Y EXPLORA EL AMOR Y LAS ENTRAÑAS DE LO MOSTRADO Y NO POR LAS MUJERES DE LA MIXTECA, MUCHAS DE ELLAS ABANDONADAS POR ESPOSO E HIJOS CUANDO SUS HOMBRES SE VAN DE BRACEROS O SALEN COMO JORNALEROS A OTROS PARTES, Y POR MEDIO DE LA PALABRA Y EL AMOR Y EL SUEÑO Y LA VIDA, NADIA LÓPEZ GARCÍA, SE PROYECTA COMO EL GRAN VALOR QUE ES Y GANA “EL PREMIO A LA CREACIÓN LITERARIA EN LENGUAS ORIGINARIAS CENZONTLE 2017.”
A sus 25 años, nacida en Santa María Yucuhiti, Tlaxiaco, Nadia a recorrido al lado de sus padres muchos campos y sabe lo que es ser jornaleros agrícolas de campo en campo, recogiendo verduras o fresas allá en San Quintín, Baja California, su madre oaxaqueña y su padre veracruzano, ahora residentes en la capital oaxaqueña, le dieron la fortaleza y los sueños para convertirse en profesionista como traductora y pedagoga.
Y nos habla de los cafetales y de las flores del café y de la soledad de las mujeres comiendo, una a una, cada flor para curarlo todo y se mueran de frío y de vacíos en el alma, esas mujeres de manos fuertes y callosas, que trabajan los campos y desgranan el maíz y lo ven con amor en cada grano de los colores azules y rojos y amarillos y las luces de esos atardeceres de montaña tan lejanos y cercanos que se pegan en el alma. Pocos sitios como la Mixteca para ver ese cielo lejano y azul, y cuando amanece o anochece, se ven los rojos brillantes en sus lejanía y los cantos de pájaros que no se ven pero se escuchan, y los grillos y las luciérnagas, y de vez en cuando, una mariposa negra como anunciando la muerte o adivinando el día y el fogón que acompaña las soledades en el comal o en el agua para el café y el olor a leña y el humo que pica y se afirma en la ropa y en el pelo y en el alma y la nostalgia. Cuando uno conoce esos lares es cuando entiende uno las nostalgias de no estar ahí, por eso cuando cantan las Canción Mixteca se arruga el alma y se encoge el pecho y se salen las lágrimas y se recuerda todo hasta lo que no se debe recordar y se va limpiando el alma y ese frío de siempre en la montaña y esas manos tejedoras de palma y de largas caminatas como platicando con las piedras buscando el agua y esa tierra caliza, amarga, seca al lado de los montes y de los llanos y de los pies descalzos de críos y de amas que tortean y llaman a comer algo de frijoles y salsas picosas como para calmar el frío, y las risotadas cuando se ven y se hablan sin decir nada, solamente con los ojos y los blancos dientes aflorando en la boca como granos de maíz. Sí, por éstas tierras se ha formado y forjado el espíritu poético de Nadia y rescata la voz de la mixteca y la hace penetrar en los corazones y uno se sorprende de ver esas palabras tejiendo cuentos e historias o esos poemas sacando lo que hay enterrado en los corazones y los campos y los llantos y las tragedias y los abandonos. Más que merecido el premio para Nadia y por ello escribe: “También el alma se puede enfermar de frío. Dicen las mujeres de la casa cuando hablan de ti.”
“Recuerdo que eras callada y misteriosa igual que esas noches en las cuales sabes que la lluvia estará ausente y sin embargo la esperas. Nada te sorprendía. Cualquier silla era el espacio idóneo para acurrucarte y buscar un poco de calor entre tu cuerpo. Te frotabas las piernas con esas manos ya escamosas de tanta resequedad y con las cuales –según se sabe- jamás enamoraste a ningún hombre. Quienes te buscamos pudimos encontrarte en el fogón de la cocina, junto a la olla de café –la cual te hacía más compañía que cualquiera de nosotros- o en el patio, cuando el sol lograba verse en esta tierra tan fría en donde nos tocó nacer”
“Me gustaba observarte. Adivinar qué pensabas mientras te comías –una a una- las flores de ese cafetal domesticado por ti. Las ponías en tu boca con tanta calma y devoción que ni una sola vez me aburrí de verte.”
“Posiblemente creías –así como mis abuelos- que ellas pueden curar cualquier mal. O mejor aún, puede ser que en ese cafetal veías una forma de hacerte presente, de tener algo en qué ocuparte y ser visible. Una posibilidad de ser madre de ese huérfano al que nunca le cayó ninguna plaga y tampoco hubo hormiga que se atreviera a saciarse de él, mientras tú aún vivías. Traté de descifrarte, pero nunca te adiviné nada”
“No advertí que te estabas muriendo”
“Tía Secundina, temblabas sin descanso. Dicen que te habías enfermado de frío, pero nadie se enteró en el momento preciso, fue hasta mucho después de tu muerte que lo supimos. Muy pocos te pusimos atención y esos muy pocos éramos niños que no lográbamos leer esa mirada de tristeza que siempre tuviste.”
“¿Quién se enferma de frío, tía Secundina?”
“Ya no tiene caso preguntarlo y sin embargo lo hago, como para curarme –falsamente- este pesar. No protegí tu último signo de presencia en esta vida. Tampoco protesté, ni pude llorar. ¡Hoy cortaron tu cafetal! Ya nadie comía de sus flores”