El pasado martes 28 de noviembre, María de Jesús Patricio, Marichuy, Vocera del Concejo Indígena de Gobierno y aspirante a candidata independiente a la Presidencia de la República, estuvo en Ciudad Universitaria para ser arropada por la comunidad estudiantil y los distintos movimientos sociales que se identifican con los siete principios del CIG: Servir y no servirse, construir y no destruir, obedecer y no mandar, proponer y no imponer, convencer y no vencer, bajar y no subir, representar y no suplantar.

A partir del inicio de su peregrinar para juntar las 866, 593 firmas repartidas en al menos 17 entidades federativas, necesarias para cristalizar su nombre en la boleta electoral, hemos sido testigos de su lucha cuesta arriba comparada con otros aspirantes independientes, cuya estructura clientelar o de intereses y alianzas cupulares, les están permitiendo avanzar en la recolección de firmas a una velocidad consistente e incluso desproporcionada.

Ante ello, los adeptos a la causa de Marichuy se construyen en la suma de parcialidades: escritores e intelectuales pidiendo firmas en lugar de firmar autógrafos en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, activistas abriendo las puertas de sus centros de trabajo a toda persona que quiera pasar a firmar, académicos invitando a sus alumnos, alumnos invitando a sus maestros, locales comerciales en las colonias Condesa, Roma o Del Valle de la Ciudad de México, ciudadanas que convierten la mesa donde beben una cerveza en la Cineteca Nacional en un micro stand para recabar voluntades. Naturalmente se suman la estructura del equipo que la acompaña y los distintos colectivos a lo largo y ancho del país que aportan al mismo objetivo.

No obstante, el rezago que presenta en términos reales en la recolección es de niveles alarmantes. Tan sólo con los datos actualizados al 28 de noviembre, al ritmo que lleva, necesitaría 312 días para alcanzar el mínimo de firmas requeridas para estar en la boleta: http://bit.ly/2njktoo

Si bien resultaría reiterativo ahondar en las barreras estructurales que hacen de la candidatura de Marichuy la más desventajosa en múltiples sentidos, considero pertinente verbalizar otro posible motivo por el cual su propuesta no ha logrado permear a sectores de la sociedad que, de haber recibido de una forma digerible su mensaje, muy probablemente mostrarían simpatía y arropo al mismo.

Los dos candidatos que se perfilan como punteros para la elección presidencial han tenido que asirse al pasado para afianzar su presente y con base en ello proyectar el país que proponen. En el caso de José Antonio Meade, el retorno del ritual priista de hacer que los sectores, organizaciones y confederaciones conviertan al tecnócrata en uno más de la tribu, es necesario para mantener los equilibrios al interior del dinosaurio.

Por su parte, López Obrador lleva más de una década ventilando su obsesión por emular a Benito Juárez y Lázaro Cárdenas. Asimismo, su afición por la música de Silvio Rodríguez y la cercanía con sus orígenes humildes que muestra en su documental “Esto soy”, dan fe de que su arraigo identitario es uno de sus principales activos para con las bases de MORENA y que en éste se sustenta gran parte de su mística.

En ambos casos, una vez cristalizado su mito iniciático, pasan al plano de las propuestas y los cómos, mismos que no abordaremos en este texto.

Marichuy, al igual que Meade y AMLO, ha recurrido a los orígenes para sustentar el presente. No podía ser de otra forma. Las luchas de los pueblos indígenas por la dignidad y la justicia, la invisibilización sistemática de la que han sido víctimas, los múltiples agravios y despojos cometidos por el Estado mexicano. En su caso, ella es el símbolo, la narrativa y la propuesta. El problema radica en que, a diferencia de los otros dos, ha habido una incapacidad para traducir lo sustantivo.

Porque cuando Marichuy pone sobre la mesa la necesidad de erradicar el sistema machista y patriarcal, no le habla solamente a las comunidades de usos y costumbres; está tocando el punto medular de preocupación de las mujeres de Ecatepec, Ciudad Juárez o cualquier barrio popular en una de nuestras 59 zonas metropolitanas que padecen violencia de género en sus casas, el trabajo y el transporte público. Cuando habla de sus pacientes con cáncer y tumores a causa de los invernaderos tóxicos, o de las concesiones a mineras que destruyen el medio ambiente, apuntala hechos que perjudican de manera tangible la vida de millones de mexicanos.

Quizá, el problema es que aquellos que nos jactamos de acompañarla en su caminar, no hemos sido capaces de articular un discurso que trascienda las consignas. Los movimientos estudiantiles y activistas que abrazan la lucha del CIG no han asumido la realidad de que la vinculación con la sociedad civil de las zonas metropolitanas no se logrará si el principal mensaje es “destruir el sistema capitalista, represor y asesino”.

¿Había posibilidad de construir una propuesta más digerible que conectara con los jóvenes de Neza, la Del Valle, Monterrey, Mérida y las amas de casa de Las Lomas o San Pedro Garza? Considero que sí, categóricamente. La reserva intelectual, creativa y progresista construida a raíz del movimiento #132 y Ayotzinapa hubiera dado para ello. ¿Por qué no se ha logrado? Por el mismo motivo de siempre: la pulverización.

El pasado miércoles 29 de noviembre, Yanis Varoufakis ofreció una conferencia magistral en la Universidad de Sussex, en Reino Unido. Uno de sus principales planteamientos fue que el discurso complaciente de varios movimientos alrededor del mundo, en el sentido de que el status quo es implacable e imposible de vencer y que por ello debemos resignarnos a la perpetua resistencia guerrillera, irónicamente, fue tumbado por Donald Trump. Sí se puede derrotar al establishment transmitiendo una agenda disruptiva que signifique algo sustantivo para amplios sectores de la sociedad. Desgraciadamente fue un sociópata, con más persuasión que billetes, quien lo consiguió.

El acontecimiento de Marichuy representaba la oportunidad perfecta para que la generación cuya juventud ha transitado entre la frivolidad panista, las heridas de la guerra y el cinismo priista, articulara un andamiaje de comunicación persuasivo en torno a la causa de los pueblos indígenas, mismo que aglutinara las heridas de la barbarie, nuestro cataclismo cotidiano. Si Marichuy no llega a la boleta, lo atribuyo más a nuestra incapacidad que a sus limitaciones. Ella no habrá fracasado, nosotros sí.