Las encuestas electorales no tienen la verdad absoluta; siempre hay margen de error por más seria que sea la encuestadora.

Es sencillo, las personas encuestadas no siempre contestan la verdad. Ejemplos:

Cuando se trata del voto oculto, cuyo elector dice que votaría por “X” cuando en realidad votará por “Y” pero esconde su preferencia por temor a algo, como perder el trabajo.

Cuando el elector responde con la verdad convencido de votar por Z”, pero al entrar a la mampara va con una decisión distinta o la cambia al momento de cruzar la boleta electoral; este elector es distinto al indeciso, el cual en ningún momento sabe por quién votar y lo determina justo al marcar la boleta.

Cuando el elector falsea de principio a fin las respuestas con toda intención, nada más porque sí. Me tocó presenciar un caso en ocasión de elecciones municipales: Sonó el teléfono fijo, la dueña de la casa contestó, sonrió al saber que se trataba del levantamiento de una encuesta, se acomodó en el sofá y dio respuestas falsas; ni siquiera vivía en el municipio, sino vacacionaba en ese momento.

Son situaciones que escapan de los encuestadores; agréguenle errores voluntarios e involuntarios de las personas dedicadas al levantamiento de la muestra, además de trampas en el manejo de los datos cuando se pretende manipular la voluntad del electorado vía encuestas, etc.

Así, en ocasiones los resultados electorales no coinciden con las encuestas, que pronosticaron el triunfo de “Z” y gana “X” de manera contundente. ¿Qué pasó? ¿Falló la encuesta o en cuestión de segundos repuntó el candidato? Cada caso tiene una explicación.

Incluso, es necesario considerar que las elecciones tampoco se ganan con buenas intenciones, ni a base de encuestas, sino se ganan con estructura: Representantes de partidos políticos ante los consejos electorales y casillas, ruteros, equipo jurídico especializado en materia electoral y dirigencias partidistas avezadas.

Partido o candidato sin estructura mínima, va camino a derrota segura; mínima y aprueba de “cañonazos”.

En fin, el contexto viene a colación porque en el proceso electoral federal en marcha y concurrente en 30 entidades donde en 2018 habrá elecciones locales, seguramente se multiplicarán las encuestas con una lectura distinta cada una, y todas manejarán márgenes de error, pues solo se trata de aproximaciones en la medición de la preferencia electoral.

EMPATE TÉCNICO

Ayer apareció en el diario El Sol de México una encuesta elaborada por SUASOR Consultores, en la cual Andrés Manuel López Obrador y José Antonio Meade, precandidatos a la Presidencia de la República, mantienen un empate técnico de intención del voto.

Ante la pregunta “Si los candidatos a Presidente de la República en 2018 fueran los siguientes, ¿por quién votaría usted?”, López Obrador obtuvo un 25%, Meade 23%, y Ricardo Anaya 19%. Además el 13% dijo que “ninguno”, 11% “no sabe” o “no contestó”. Y en los dos últimos lugares se ubicaron Margarita Zavala con 6% y Jaime Rodríguez Calderón “El Bronco” con 2%.

Eliminando los porcentajes de quienes no saben o no contestaron, los resultados se cierran, pero en el mismo orden. Aunque AMLO sigue con ligera ventaja.

En cualquier encuesta, uno, dos y a veces hasta tres puntos de diferencia entre el primero y segundo sitio, puede dar lugar a un empate técnico en las votaciones considerando los márgenes de error que siempre fluctúan en esos mismos porcentajes.

Solo cito tales datos de la encuesta, para reflexionar en lo siguiente: Si en algún momento, Meade empata en la preferencia electoral con AMLO, significaría que Meade podría llegar a rebasarlo; y si se sostiene durante la campaña, podría ganar las elecciones a la Presidencia de la República.

La posibilidad de crecimiento de Meade es mayor que la posibilidad de AMLO, porque el tabasqueño lleva muchos años en campaña, a diferencia de Meade que lleva escasamente en el ruedo electoral.

Claro, en política nada está escrito. Puede ocurrir también que Meade se estanque, patine y hasta se desplome; depende del comportamiento en campaña.

¡Apenas es la precampaña!

Y como las elecciones no se ganan ni con encuestas ni con buenas intenciones en la precampaña, para crecer Meade necesita de entrada elementos básicos a su favor: Unidad priista (que ya termine el duelo en torno a Miguel Ángel Osorio Chong), un PRI con dirigencias locales avezadas, estructura y mejorar su imagen personal; necesita verse seguro de sí mismo.

AMLO, GANARÍA LA CAPITAL OAXAQUEÑA

Como citamos párrafos arriba, en la medida que avance el proceso electoral concurrente, pulularan las encuestas. Hay, por ejemplo, una muestra interesante levantada en la capital oaxaqueña por “Prospecta”, en la cual Andrés Manuel López Obrador compitiendo solo por Morena tendría 29%; José Antonio Meade por una coalición PRI-PVEM-Panal, 11%; y Ricardo Anaya por la coalición PAN-PRD-MC, 5%.

Si con ese porcentaje llegan a la campaña electoral, AMLO podría arrasar en la capital oaxaqueña, tal vez provocando un efecto favorable en las candidaturas locales, en cuyo caso Morena ganaría la presidencia municipal de Oaxaca de Juárez y las dos diputaciones del Centro.

Evidentemente, si el efecto AMLO es fuerte –y así se mira venir en Oaxaca--, considerando la medición referida, Morena ganaría las votaciones en la capital de la entidad al Senado y la elección de la diputación federal del Distrito Electoral con sede en corazón político oaxaqueño.

De hecho, el estado de Oaxaca es considerado bastión de AMLO y Morena. En las elecciones del 2012, López Obrador arrasó y el PRI perdió diez de once diputaciones federales y las senadurías de mayoría relativa. Y en los comicios locales del 2016, Morena como partido político se ubicó como segunda fuerza electoral.

Todo es una probabilidad, que depende también de la estructura y de los candidatos.

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