En su más reciente visita a México, el antropólogo colombiano Alejandro Castillejo apuntó cómo los actos de violencia en el contexto de nuestra barbarie cotidiana tienden a ser concebidos por los medios de comunicación con una narrativa en que la guerra sólo habita ciertas zonas, siendo producto de la irracionalidad de otros y no necesariamente vinculada al centro administrativo y político del país (https://bit.ly/2JzYi4v).

En “Obra Negra”, su más reciente libro, el periodista Emiliano Ruiz Parra plantea una idea similar con respecto a cómo la nota roja de los periódicos es el sitio en el que cómodamente levantamos una muralla para mantener la certidumbre de que el crimen ocurre “allá”; bastante similar también a la descripción que el fotógrafo Fernando Brito hace sobre los cuerpos inertes de los ejecutados que captura con su lente y se encuentran “en el paisaje” (https://bit.ly/1PJqekJ).

Esta certeza de que el epicentro de lo arrancado no corresponde con el centro geográfico de la toma de decisiones, y en consecuencia con la realidad que experimentan día con día los individuos que ocupan las instituciones de gobierno y representación política, hace posible que un candidato a la presidencia como Ricardo Anaya inicie campaña en la Expo Santa Fe con un evento fanfarrón de uso de tecnologías de la información, o que José Antonio Meade muestre una incapacidad estructural para salir del lenguaje tecnócrata que quiere solucionar todos los problemas de México con “políticas públicas”.

En esa lógica, las campañas de ambos individuos parten de la narrativa de un centro que pondrá orden sobre las periferias: una Reforma Energética que reorientará la productividad de Pemex cuando las refinerías del país llevan la actual administración federal en el ostracismo, un frente de partidos que propone un gobierno de coalición cuando ni siquiera puede generar consensos para candidaturas comunes en cientos de municipios, una Reforma Educativa que le apuesta al aprendizaje del idioma inglés en regiones cuya principal lucha es evitar el olvido de sus lenguas originarias.

Validando la tesis de los frentistas y priistas, la apuesta por venderle al electorado la solución de los problemas de las múltiples periferias desde los múltiples centros es legítima porque es la que ha resultado exitosa las últimas elecciones. El Xalapa que Javier Duarte gobernó faraónicamente se percibía desconectado de los zetas y su control territorial con sus consecuencias desoladoras en Tierra Blanca o Acayucan; el Cuernavaca de Marco Antonio Adame era diametralmente distinto al dominio de las tinieblas en Xochitepec o Tepalcingo y los panistas de la Benito Juárez o la Miguel Hidalgo pensaban que quedarse sin agua por semanas enteras sólo pasaba en Iztapalapa.

No obstante, la espiral de degradación del estado de bienestar en algunos lados, o de las condiciones mínimas de sobrevivencia en otros, ha traído la agenda de las periferias a los centros. Por ello no resultan sorpresivas las imágenes de cómo ciudades del norte del país se han volcado a los actos de campaña de López Obrador; los problemas que antes se podían encasillar en la nota roja de los periódicos o en los noticieros, hoy se desbordan por múltiples frentes.

En ese contexto, las elecciones del primero de julio representarán la apuesta del electorado por la opción que perciba más cercana a la realidad de las periferias siempre marginadas y los centros precarizados y agredidos. El rescate del país no recaerá en los centros geográficos, sino en la atención a los epicentros de vulnerabilidad. En cómo reconstruimos el tejido social en Allende, Reynosa y Nuevo Laredo; cómo reactivamos la economía en Coatzacoalcos o Ciudad del Carmen; cómo reconciliamos las heridas de la población de Chilapa o Ciudad Juárez. Estamos en la antesala de la reconfiguración de lo que entendemos como los problemas de los centros, las periferias y las urgencias de cada uno de ellos. En cómo lo asimilemos nos va el futuro del país.