Todo Presidente de México ha experimentado la soledad en el ocaso del mandato: Unos más, otros menos. Claro, muerto el rey, viva el rey. Ha sido algo lógico y natural.

Hasta en los tiempos de hegemonía del PRI, los mandatarios emanados de sus filas sintieron la soledad de algún modo. Quizá desde Plutarco Elías Calles, pasando por Lázaro Cárdenas hasta Carlos Salinas de Gortari.

Pero la soledad era recompensada con la satisfacción de haber dejado sucesor afín y del mismo partido político. Casi casi su hechura para garantizar la continuidad de sus planes y proyectos de toda índole (no solamente en beneficio del país).

Una vez habiendo Presidente Electo, el Presidente en funciones figuraba cada vez menos; aunque seguía como el Tlatoani. Incluso, con frecuencia salía a foro con su sucesor.

Quizá pocos Presidentes conservaron la obediencia total de sus colaboradores, así como el respeto y el reconocimiento por parte de la ciudadanía. Y tal vez poquísimos salieron con rivales inter-partidistas y el desprecio de la militancia, con excepción de su círculo cercano.

Nada mejor para el PRI como aquellos tiempos de Presidente de México y sucesor de esa misma filiación, sobre todo en la dorada época de la dictadura perfecta, en que el control del mandatario abarcaba órganos electorales y, en consecuencia, las elecciones.

Todos los Presidentes de algún modo han sentido la soledad en la agonía de su sexenio, pero sobre todo aquellos que han sido protagonistas principales de la derrota de su partido político por su mala forma de gobernar.

Fue el caso de Ernesto Zedillo Ponce de León, último Presidente de México de la dinastía priista de más de 70 años ininterrumpidos en poder del Ejecutivo Federal. Fue el caso también del panista Felipe Calderón Hinojosa tras 12 años de gobiernos del Partido Acción Nacional (PAN) sin que llegara el cambio prometido, el desarrollo y la mejoría del país.

Hubo cambios mínimos, pero nada en comparación a las expectativas de cambios de fondo y palpables, generadas sobre todo por Vicente Fox Quesada, quien por primera vez le gana al PRI las elecciones presidenciales en el 2000.

Retomando el tema de los priistas. El peso más grande de Zedillo fue haber perdido, interrumpiendo así los más de 70 años al hilo del PRI en la Presidencia de la República (con las transformaciones del partido a lo largo de su historia). Claro, la derrota fue dolorosa.

Pero no tanto como la derrota del primero de julio del 2018. Porque el PRI no solo perdió la Presidencia, sino también el Congreso de la Unión, la mayoría de los Congresos Locales, gubernaturas en las entidades donde hubo elecciones de este tipo y presidencias municipales. Casi todo.

Una debacle aplastante cuyo responsable es el Presidente Enrique Peña Nieto en su calidad de jefe político del priismo nacional. En la praxis, es él el timón del PRI, mientras el Comité Ejecutivo Nacional solamente es la dirigencia de forma.

El jefe político palomea candidatos, revisa estrategias electorales, pone dirigentes, mueve piezas, ordena los apoyos extralegales y ejecuta las acciones de gobierno mediante las cuales debe conquistar a la ciudadanía; acciones en las que se juega su imagen y la de su partido político.

En ese contexto, la soledad del Presidente Peña Nieto ha de ser mayúscula en su mismo partido político, cuya “unidad” y estabilidad interna pende de un hilo.

Seguramente solo están con él los integrantes de su círculo más cercano, mientras los demás andan en busca de su sobrevivencia política poniéndose ya a las órdenes del Presidente Electo sin importarles emane de un partido de izquierda como Morena.

Los priistas se sentirán pasándose a Morena, porque se parece mucho al PRI. Quizá la diferencia sea que el partido de AMLO tiene más a la izquierda, y los priistas más al centro.

Imagínense, pobre Peña Nieto, llevando a cuestas la soledad y el desprecio que implica llevar la más dolorosa de las derrotas del PRI. ¡Casi acabó con el partido!

Y toda vía aguantar que en su cara el Presidente Electo le diga que echará atrás la Reforma Educativa, centro y orgullo de sus reformas estructurales. Y a decir verdad, es de lo poco bueno hecho por Enrique Peña, aun con sus bemoles.

De aquél Peña Nieto sonriente, de rostro iluminado, cercanísimo a la gente, ya no queda nada. Tal como si se trata de un personaje creado para una telenovela sin final feliz.

En la entrevista que apenas le hizo la periodista Denise Maerker, en su programa En Punto, Peña Nieto dijo que la matanza de estudiantes conocido como caso “Ayotzinapa” y la “Casa Blanca” marcaron su administración y de ahí se vino en picada.

Mmm…pues sí. Pero también la corrupción de los gobernadores apapachados por él, esa generación de mandatarios de la cual en principio se sentía muy orgulloso, y que hoy son perseguidos por la justicia; incluso, a través de las instancias de su gobierno.

Y también lo marcaron las pésimas decisiones respecto del PRI, donde en la dirigencia nacional impuso a un burócrata como Enrique Ocho Reza quien entró hablando de acabar con la corrupción cuando se despachó con la cuchara grande al renunciar a la Comisión Federal de Electricidad.

Las pésimas candidaturas a los cargos de elección popular, principalmente a gobernador, diputados federales y senadores: Cúpula, élite, intereses, derechos de consanguinidad, etc.

En fin. Qué terrible será llegar bañado de gloria para irse como el peor de los presidentes y de los jefes políticos del priismo.



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