Durante la Guerra del Golfo, Estados Unidos cometió una masacre contra soldados y civiles iraquíes sobre la ruta 80. La historia fue totalmente obviada por los grandes medios.
Por Guadi Calvo para La tinta

En la noche del 26 al 27 de febrero de 1991, se llevó a cabo uno de los crímenes más oscuros y ocultos de la primera Guerra del Golfo. Se desarrolló a lo largo del tramo de la ruta 80, una moderna autopista de seis carriles que une Kuwait con la ciudad iraquí de Basora. El crimen tuvo varios nombres: “La batalla de la calzada”, “La batalla de Rumaila” o “La batalla de Junkyard”. La prensa tituló la masacre como “La carretera de la muerte”.

En el marco de lo acordado en la Resolución 660 de la ONU sobre el alto al fuego, presentada por la Unión Soviética, y después de que el propio Saddam Hussein anunciara por radio Bagdad en la mañana del 26 de febrero que ya había emitido la orden de que todas las tropas se retiraran a las posiciones ocupadas antes del 2 de agosto de 1990, el presidente George Bush (padre) respondió que “no había evidencia que sugiriera que el ejército iraquí se retire”. De esta manera, puso en funcionamiento el mecanismo para que su aviación se lanzara como tiburones cebados por la sangre contra una columna de cerca de treinta mil hombres que se retiraban, tal lo acordado con la ONU.

Las tropas iraquíes comenzaron a retirarse, el día 26 por la tarde, de Kuwait hacia Basora por la autopista 80, acompañadas por gran número de civiles, entre ellos, niños y mujeres. La marcha debía cubrir los 150 kilómetros que corrían desde el norte de la ciudad kuwaití de Al Jahra hasta Basora. Dada la congestión de tránsito, en Al Mutlaa (Kuwait) debieron dividirse: una parte continuó por la autopista y la otra tomó la ruta costera del lago Hammar.

Irak Operacion Tormenta del Desierto laa-tinta
La columna la componían unos dos mil vehículos militares, entre tanques y blindados, camiones, automóviles y autobuses civiles, que viajaban en orden y con claras señales de no estar en actitud bélica. Los vehículos no solo iban con las rigurosas banderas blancas, sino también con las torretas de los blindados abiertas -“en formación de viaje”-, cumpliendo con lo que estipulan las normas internacionales de la retirada; llevaban sus cañones invertidos y asegurados, en una posición conocida como “bloqueo de viaje”, según lo declarado por el sargento Stuart Hirstein del 124º Batallón de Inteligencia Militar estadounidense. “Los tanques y sus armas no estaban en posición comprometida –recordó el sargento-. Los miembros de la tripulación iraquí viajaban sentados en el exterior de sus vehículos, tomando sol. Nadie estaba en las ametralladoras”.

En las primeras horas de la mañana del día 26, aunque una semana antes el portavoz de la Casa Blanca aseguró que las fuerzas estadounidenses no atacarían a un ejército mientras se retiraba, desde el portaaviones USS Ranger, se lanzaron cantidades de misiones contra la columna, que marchaba desprevenida en medio de la nada. Estados Unidos utilizó todo tipo de aeronaves, incluyendo los S-3 Viking -aviones de patrulla antisubmarina cargados con bombas de racimo de 225 kilos- y helicópteros Apache y Cobra para atacar la columna iraquí. La cantidad de naves utilizadas para los bombardeos fue tal que el control del tráfico aéreo norteamericano, para evitar accidentes, debió sacar del sector a muchos de los aviones que no estaban involucrados en la operación. El general de división Royal N. Moore, comandante de Marines, describió la operación sobre la autopista 80 como una “sesión de tiro al pato hasta que el clima lo permitió”.
Antes del comienzo de la recordada operación “Tormenta del Desierto”, el general Colin Powell –en ese momento, Jefe del Estado Mayor Conjunto, el rango más alto en las Fuerzas Armadas norteamericanas-, había declarado que “haría que el mundo se aterrara”. Powell resumió la estrategia estadounidense en “bloquearles el paso y matarlos”.

A lo largo de unos sesenta kilómetros al norte de Al Jahra, en solo dos horas, fueron asesinados veinticinco mil hombres, entre tropa y civiles, todos masacrados sin opción a rendirse. Fueron asesinados en dos horas, lo que se constituye un crimen de guerra, según la Convención de Ginebra.

Irak batalla de Junkyard la-tinta
El periodista del Washington Post Michael Kelly, que en 2003 terminaría convirtiéndose en el primer periodista muerto de la Segunda Guerra del Golfo, llegó el 10 de marzo a la ruta 80 y describió que cientos de vehículos aparecían calcinados e infinidad de cuerpos masacrados y abrasados por el napalm. Los cuerpos sin vida, esparcidos en todas direcciones, simplemente parecían dormir; otros estaban congelados en actitudes desesperadas de fuga y horror.

Los grandes medios de comunicación ignoraron la masacre en su completa dimensión y sólo mostraron algunas imágenes, pero sin ahondar en la historia completa y su alcance. Nada se dijo de la emboscada que, en realidad, se había planeado y coordinado perfectamente. Los medios norteamericanos se refirieron al hecho como una “escaramuza” entre las tropas iraquíes y estadounidenses, e informaron que no había bajas estadounidenses, sin hacer ninguna otra referencia.

Los infantes de la Marina norteamericana habían permitido que los vehículos salieran de la ciudad Al Jahra, mientras que un sembradío de minas anti-blindados los esperaba a unos 50 kilómetros al oeste de Basora. Esta situación produjo un atasco de ocho kilómetros: los vehículos, sin poder avanzar o retroceder, estaban imposibilitados de salir lateralmente por las condiciones del terreno, que era un vasto tramo de wadis (lechos de ríos secos) y desierto, por lo que, para la aviación, fue como cazar en un corral. El mando norteamericano dispuso que una escuadrilla de ocho aviones ataque cada quince minutos, hasta que todos los vehículos fueron literalmente aplastados contra el piso.
A media mañana, desde un grupo de helicópteros Apache que operaba en el sector, se informó: “El enemigo no está disparando, están saltando en las zanjas para esconderse”. De todos modos, las fuerzas norteamericanas siguieron bombardeando, cumpliendo las órdenes del General Herbert Norman Schwarzkopf, que dijo que no había que “permitir que nadie ni nada salga de Kuwait”.

Los relatos de los soldados norteamericanos que llegaron hasta los lugares después de la masacre -tanto en la carretera 80 como en la ruta de la costa- son espeluznantes: describen las lagunas de sangre, la mutilación de los cuerpos, las personas calcinadas y los restos humanos esparcidos a más de cien metros de distancia. Los restos de los vehículos atacados quedaron esparcidos en un círculo de entre ocho y once kilómetros. Los primeros pilotos británicos que sobrevolaron la zona, al retornar indignados a sus bases, hicieron serios cuestionamientos a sus mandos y se negaron a participar de nuevas misiones, a pesar de haber sido amenazados con ser llevados a un tribunal militar. Mientras tanto, las ordenes de la fuerza aérea seguían siendo “encontrar y eliminar todo lo que se moviera”.

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Los nombres del Mal
Unas pocas horas antes de la batalla de Junkyard, entre el 24 y el 25 de febrero, tropas terrestres norteamericanas, comandadas por el general Barry McCaffrey, habían asesinado a unos nueve mil soldados Saddam Hussein, a pesar de que se habían rendido. En su enorme mayoría, eran bisoños y no tropas experimentadas como la Guardia Republicana, como algunos medios lo sugirieron.

Vehículos de combate Bradley y transportes de tropa blindados Vulcan se apostaron a los bordes de la trinchera iraquí, ejecutaron a casi ocho mil soldados ya rendidos, al tiempo que, utilizando tanques M1-A1 y retroexcavadoras especialmente acondicionadas para mover grandes cantidades de arena, eran enterrados, muchos todavía vivos y todavía tratando de rendirse.

El Coronel Lon Maggart, comandante de la 1ª División de Infantería Mecanizada (la Gran Roja), calculó que sus hombres habían enterrado a unos 650 iraquíes vivos, según las declaraciones realizadas al Newsday de New York. Maggart agregó: “Sé que enterrar a la gente con vida suena bastante desagradable, pero sería aún más desagradable si tuviéramos que poner a nuestras tropas a limpiar las trincheras”.
A pesar de las evidencias de los crímenes de guerra, nadie pagó por ellos. Incluso, el entonces secretario de Defensa Dick Cheney, que nunca hizo referencia a los hechos de fines de febrero del 1991, presentó un informe al Congreso ignorándolos absolutamente.

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El principal responsable de estos crímenes fue el entonces presidente Bush, que ordenó la masacre de soldados iraquíes después del alto el fuego y a pesar de que había prometido “un paso seguro” para los iraquíes. Según los Convenios de Ginebra de 1949, en el artículo III Común, se prohíbe el asesinato de soldados que están fuera de combate. Bush declaró: “Que las tropas iraquíes se estaban retirando para reagruparse y pelear nuevamente”.

Quien dirigió la matanza fue el general mayor de dos estrellas Barry McCaffrey, que, meses antes, se había hecho cargo de la 24 División de Infantería (Mecanizada) de Fort Stewart, Georgia. McCaffrey y sus hombres regresaron a Estados Unidos sin ningún planteamiento en su contra, al punto que, en 1994, el general mayor recibió su cuarta estrella. Luego de su retiro en 1996, McCaffrey fue designado por el gobierno de Bill Clinton como director de la Oficina de Política Nacional de Control de Drogas.

La tragedia de la carretera de la muerte, cuyo número de víctimas exactas jamás será conocido y sus victimarios nunca castigados, solo es un episodio más en la muy larga guerra que Estados Unidos mantiene contra la humanidad.

*Por Guadi Calvo para La tinta