Es doloroso aceptarlo: pero de antemano sabemos que la protesta hecha la semana por el poeta Javier Sicilia, no cambiará en mucho, para bien, el accionar del gobierno en contra del crimen organizado, y de la impunidad.

Duele aceptarlo, pero hace más de dos años el empresario Alejandro Martí hizo lo mismo, y meses después otro padre dolido, Nelson Vargas, hasta les dijo que no tenían madre.

¿Y qué pasó? Nada.

Duele, pero tal parece que en realidad, el problema sí está en gran medida en la cancha del gobierno. Pero no sólo en ellos. ¿Qué hace la sociedad al respecto?

No se trata de caer en los polos. Es decir, de que los ciudadanos nos quedemos cruzados de brazos, como tampoco que seamos nosotros quienes decidamos tomar las armas y salir a resguardar nosotros mismos nuestra seguridad.

Pero tampoco se trata de caer en los polos, en cuanto a las responsabilidades por la criminalidad. Es decir, que debíamos dejar de lado esa visión absurda de que los treinta y tantos mil muertos son culpa del presidente Felipe Calderón, como también deberíamos eliminar aquella posibilidad, aún más absurda, de exculpar al gobierno de lo que aquí ocurre.

En otras palabras, se trata de dejar de engañarnos a nosotros mismos. Y dejar de defender a los funcionarios indefendibles, como también dejar de lado nuestra salida común, y reduccionista, de decir que de todo es responsable el “pinche gobierno”.

La cuestión no parece tan sencilla. Sin embargo, un asunto como el de la criminalidad no comienza ni termina exculpando o señalando a un individuo, al presidente, o a un gobierno.

En realidad, parece que estamos perdiendo la capacidad de asombrarnos no de la tragedia ni de las matanzas, sino del enorme grado de impunidad que existe en nuestro país. Y de eso, lo aceptemos o no, nos guste o no, todos somos responsables.

Veamos si no: el mexicano común sólo tiene noción del límite que pone la ley, cuando la infringe y recibe —de mala gana— el castigo que le corresponde. Y lejos de asumir la pena, para aprender de lo mal hecho, buscamos cómo evadirla. Por eso inventamos la “mordida”, el soborno, los centavos “pal chesco”, y muchas otras salidas alternativas a las infracciones legales.

Es decir, que sólo notamos el límite cuando ya lo cruzamos.

Si eso pasa en nuestra vida cotidiana (pasarse una luz roja del semáforo, estacionarse en doble fila o en sitios prohibidos, tratar de subir al autobús sin pagar, etcétera), entonces qué no pasará con quienes, además de esa cultura viciosa, tienen en su mano un arma y dinero para terminar de corromper (plata o plomo) a quien aún se resista; y su única “oposición”, es la de un gobierno que difícilmente puede hacer su trabajo.

Ahí tenemos una parte del origen del enorme problema que enfrenta este país.

Y por eso, aunque hagamos marchas, protestas, plantones y huelgas de hambre, los problemas difícilmente van a remediarse en el corto plazo.

Es cierto, la solución a la criminalidad no puede apartarse de la acción policiaca, como tampoco puede ser, esa vía, el eje fundamental del remedio.

Pero, de todo eso, los ciudadanos no podemos reducir todo a decir “pinche gobierno”, y sentarnos y cruzarnos de brazos mientras vemos cómo este país se cae a pedazos. Como si este asunto no fuera también, en alguna medida, responsabilidad y consecuencia de nosotros mismos.

¿Será?