La maestra artesana guerrerense preserva una tradición de generaciones: el oficio de laqueado y dorado que hay detrás de las famosas cajitas de Olinalá

¿Qué se necesita para eternizar un venado en una caja? Fácil: un puñadito de pelos de gato. Es algo que sabe bien la guerrerense Bertha Miranda García, una creadora que a sus 29 años es ya maestra en el oficio de laqueado y dorado que hay detrás de las famosas cajitas de Olinalá.

Originaria de Ahuacatlán e hija de fabricantes de títeres, Bertha lleva alrededor de 13 años defendiendo una tradición de generaciones poblada de mariposas, colibríes, flores y figuras que exigen una contemplación atenta y distendida a ríos que desbordan triángulos, libélulas que sobrevuelan pastos, jaguares sobre un fondo que recuerda a la noche oscura.

En conversación con la Secretaría de Cultura, en el marco del Día del Artesano a celebrarse el 19 de marzo, cuenta que aprendió el secreto del fino pelo de gato y la técnica del dorado de su esposo Ramón Franco, quien a su vez fue instruido por su padre, quien a su vez fue instruido por su propio padre: extensiones de una cadena de abuelos y bisabuelos promotora de un lenguaje artístico.

“Es un arte que México necesita, no se debe perder”, sabe Miranda y lo platica en entrevista. Cada caja, cada trabajo nuevo permiten experimentar nuevas figuras, nuevos acabados. “Tú puedes hacer lo que tú quieras en una caja, no es que vamos a copiar, es una imaginación que una ya tiene como la herencia”.

Aunque a primera vista parece una disciplina complicadísima, para Miranda “ya no es difícil” lograr plasmar cuernos tan finos sobre la cabeza diminuta de un venado.

“Ya es práctica, ya es gusto cuando agarras una caja, ya es emoción de hacerlo, ya no se te dificulta hacerlo porque ya son años. Lo que más me gusta es hacer las flores” que atiborran las paredes de la caja hasta no dejar un solo espacio vacío.

La abuela de Ramón Franco es la mano maestra detrás de esos pinceles delicados que involucran trocitos del pelaje fino de algún gato solidario y plumas de guajolote, igualmente contribuyente al ejercicio del arte. Con ellos se puede florear, rayar, recortar, trazar grecas, enumera Miranda.

Los paisajes preservados en sus cajas son los que desearía preservar para Guerrero y el mundo. “Cómo quisiéramos que animales como el jaguar, el venado, no se extinguieran”.

El jaguar, por ejemplo, aparece recurrentemente en este arte porque es el animal emblema de Guerrero, entidad que forma parte de un corredor genético para este mamífero que corre de Sonora a Chiapas y la Península de Yucatán.

Las cajas no solamente son arte, sino también un trabajo del que “uno se alimenta”. Miranda también hace repisas, espejos, charolas, mesas: catálogo diverso en distintos tamaños, según las solicitudes de los compradores.

Una caja bien hecha, como la que le mereció la victoria en el Cuarto Concurso Nacional de Grandes Maestros del Patrimonio Artesanal de México 2017, le lleva unos tres meses. Hace falta ante ese esfuerzo no nada más reconocimiento, opina la creadora, sino apoyos concretos para la compra de materiales, difusión de las obras, proyectos sin demasiadas restricciones o trámites.

Sus hijos ya empezaron a aprender. El menor, de casi cuatro años, “ve los colores y ahí anda agarrando”. La mayor, de nueve, ya empieza a mezclarlos. El primer paso son las flores.

Información: SCH