¡FELICIDADES OAXACA!: MÁGICA Y SEÑORIAL. MI MUSA ETERNA



La tierra en que nací y amaré por siempre.

Oaxaca de Juárez, como se le reconoce oficialmente desde la muerte del oaxaqueño más universal, es el espacio donde hemos transitado nuestra vida. Aún en la lejanía o en el exilio; su cielo de zafir, el aroma de sus flores, sus amaneceres, las tradiciones de nuestros barrios, los cantos que le rinden pleitesía, han sido y lo serán por siempre motivo y razón de vida, inspiración permanente para intentar conquistar utopías, para soñar y navegar en los oleajes embravecidos de mares tempestuosos; incluso para desafiar la fatalidad y enfrentar la adversidad. En mi caso, Oaxaca es mi Musa eterna.

Oaxaca de Juárez, mágica y señorial, fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO el 11 de septiembre de 1987; es una Ciudad dotada de un sincretismo maravilloso en cuyos dinteles se entrelazan con magnificencia testimonios de las culturas prehispánicas y colonial. La Catedral, Santo Domingo, La Soledad, San Felipe Neri, La Merced, El Carmen Alto, El Templo de Jalatlaco –entre muchos otros- dan cuenta de ello. En ella confluyen las más diversas manifestaciones de las culturas y etnias que integran en su conjunto el Estado.

Sus barrios son testimonio de una intensa vida comunitaria, La Noria, en cuyos alfalfales organizábamos carreras en bicicleta; La Soledad, puerta de entrada a las laderas del Fortin; Jalatlaco de inmensos recuerdos por haber sido el tránsito obligado a la prepa, en el atrio de su iglesia sostuve mi primer duelo de amores.El Exmarquesado de larga tradición. El Carmen Alto, centro neurálgico del origen de los Lunes del Cerro, en homenaje a la Virgen del Calvario. El Peñasco, el Rosario, Las Nieves, en cuya iglesia despachaba el Padre Bulmaro, famoso por sus tertulias literarias a las que acudían políticos de la época y se decía –por las malas lenguas- algunas jóvenes y bellas feligreses del Dios Eros.

Y qué decir del Barrio de la Merced, mi barrio, en cuyo mercado disfrutaba las gelatinas de la comadre –de mi madre- Lupita, las “conchas” de Chahua, Pasaba a platicar con Luis Flores a su carnicería esperando me compartiera una dotación de chicharrón. Por las tarde era un gusto jugar una cascarita en el atrio del convento y los domingos acudir a la misa de ocho, enfundados en nuestra sotana de “Niños Tarsicios”; debo decirles que también acolitaba el rosario y cantaba el “tantun Nervun Sacramentus”.

Los abarrotes se compraban en la tienda de Don Juan Coto, de don Fortino, o de don Juanito Zorroza. En los alrededores del mercado estaba la carbonería, el local de Don Gumersindo el zapatero, la botica de Don Antonio Cortez. Sobre la calle de Independencia vivía Don Enrique Juárez el piñatero, que también animaba fiestas con actos de magia, haciéndose llamar el “Fumanchu oaxaqueño”. En Hidalgo, a un costado de la Iglesia, estaba la sastrería de Mundito Morales y enfrente la jabonería “La Soledad”, de mi padre Raúl S. Castellanos.

Todos los mencionados, agregando a Don Efrén González, que tenía su taller de marmolería frente al panteón, a Don Juvenal, mecánico de la Ford y Don Antonio Martínez que tenía su tintorería en la calle de Murguía, que como se advertirá formaban parte de los hombres respetables del barrio, fueron convocados por el Padre José Miguel Pérez García, a formar el Comité Pro Ciudad de los Niños. obra social que aún permanece, gracias a su independencia de los vaivenes de los intereses políticos. Recuerdo alguna vez que, comiendo con el Padre Miguel, le pregunté a qué consideraba que se debía la trascendencia de La Ciudad de los Niños, su respuesta fue lapidaria: “a que nunca aceptamos nada de los políticos”.

Por supuesto, cualquier intento de crónica o de recuerdos, pasan por nuestro Centro Histórico. La misa de 12 en la Catedral, donde al final te repartían unas hojas con la clasificación de las películas en cartelera; A- para todo público, B. para adolescentes y adultos, C- para adultos con serios inconvenientes, D- prohibida por la moral cristiana. Después de misa eran obligadas las vueltas al Zócalo en el carro de algún amigo –que lo sacaba a hurtadillas del garaje de su papá-. En mi caso siempre ocupaba el asiento de atrás del de mi –por siempre amigo y hermano- José Armando Jiménez, el otro lugar del frente era para Toño Flores Corzo. Luego de comer había que enfilar a la la función de cine –en el Alcalá o el Oaxaca-.

Saliendo de la función, de nuevo al Zócalo, las chicas daban vueltas, algunas acompañadas de sus novios, mientras sus padres conversaban en alguna banca. En la esquina de Hidalgo se apostaban los niños ricos, los guapos, los hijos de papi, los que venían de vacaciones del Tec de Monterrey, los de apellidos vallistocráticos y los que tenían coche, que intercambiaban furtivas miradas y requiebros con las jóvenes de alcurnia que daban vueltas. Ya en la conquista le compraban a “clavelito” algún ramo de rosas que les hacían llegar con el mismo “clavelito”. Los comunes y corrientes nos ubicábamos en otras zonas.

Así llegamos a los tiempos universitarios, de los que se puede escribir una intensa narrativa, desde los festejos hasta el Movimiento Estudiantil del sesenta y ocho, la represión del setenta o la conquista de la Autonomía de la Universidad en el 71. Movimiento que al lado de los líderes –mujeres y hombres- de las Escuelas y Facultades me tocó encabezar, contando con el apoyo, serenidad y vocación democrática de mi inolvidable Maestro y amigo Rubén Vasconcelos Beltrán, Primer Rector de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca.

No alcanzaría tiempo y espacio para evocar tantas vivencias, incluyendo las que tienen que ver con otra faceta de nuestra fascinante Ciudad de Oaxaca de Juárez, la de ser el centro de resonancias de nuestra pluralidad cultural, política y social. Misma que se pone a prueba día a día y en cada proceso democrático.

En este contexto, si de algo estoy cierto, es de que los nacidos y creados en esta Ciudad somos muchos más que aquellos que le apuestan al oportunismo ideológico o a las efímeras “marcas” partidistas; es tiempo de recobrar la identidad, desterrar los rescoldos del pasado reciente y pensar en una Ciudad de Oaxaca de Juárez tolerante, incluyente, de consensos en la diversidad, que consolide su presencia como el centro universal de las culturas.

A eso le he apostado siempre y seguiré haciéndolo hasta el último instante de mi tiempo.

¿Alguien puede asegurar que esto ya está decidido?


RAÚL CASTELLANOS HERNÁNDEZ / @rcastellanosh