Sueño con un país llamado México

“Sé de un loco que aún espera
que el desierto se haga mar
y la hoguera cascada
que en el Bien no venza el mal
ni en el beso la espada
que el amor no baile un vals
en mitad de la nada”

Luis Eduardo Aute.

Ése loco se llama Javier y se apellida Sicilia. El jueves pasado logró lo inimaginable; sentó en una mesa a víctimas y verdugos, dolidos y estadistas, tecnócratas con menonitas, indígenas y poetas.

¿Cómo los unió?

A base de dolor, de consuelo, de duelo, de perderle el miedo al miedo, de tomar las riendas del destino fatuo de los deudos de esta guerra y colocarlas en su espalda, como una cruz, la cual no va a dejar hasta que llegue su tercer día, su despertar, el momento en el que se reencuentre con el hijo que las balas obligaron callar.

¿Por qué optó dialogar con los entes insensibles que despachan en Los Pinos y derivados?

Porque cree que mientras él ofrezca su corazón como moneda de cambio, habrá una esperanza para que latan las piedras que tienen por corazones; porque entendió que no puede ser tan idealista como para pensar que una marcha desaparecerá las balas, ni tan pendejo como para tomar las armas; porque alguien tenía que ponerse en frente de Felipe y hacerlo guardar aunque sea 60 segundos de silencio por las muertes de esta lucha, 60 segundos que no compensan la sangre derramada, ni las lágrimas vertidas, ni el dolor sufrido, ni la esperanza tan tenue, pero que al menos fueron un acto de justicia poética en medio de toneladas de razón, de datos estadísticos, de crudeza.

¿Cómo se comportaron Felipe y su Caravana del Sinsentido?

Como se saben comportar. Rodeados de asesores, de datos duros, de respuestas torcidas, de laptops, de cerrazón de creer fervientemente que la podredumbre institucional no puede más que las balas de García Luna, los videos en Youtube de Poiré, los expedientes de Morales y las escuelas de Elba Esther.

¿Cómo se comportó Felipe en particular?

Como el buen machote que “haiga sido como haiga sido” es y será. Como el Santo que cree que es, como el Comandante en Jefe que nos defiende hasta con piedras, el mismo que no le pidió perdón a los hijos huérfanos de los sicarios descabezados porque sus papitos eran criminales, pero sí a los migrantes que enterraron semivivos en una fosa con ayuda de funcionarios de su administración; como el católico que se dice ser pero que no entiende que los más necesitados somos todos, incluso los hijos de la chingada que dice estar combatiendo.

¿Cuál fue mi sentir al concluir el diálogo?

Tristeza, mucha tristeza. Lloré como muy a menudo lloro por todo lo que nos está pasando, porque en lo único que congeniaron ambos bandos es en que estamos atrapados en un limbo del que nadie nos puede asegurar saldremos algún día. El poeta y su Caravana no claudicarán en su lucha, puesto que eso sería fallarle a la memoria de sus seres amados que han caído; pero a Felipe le quedan unos cuantos meses en el poder, pronto partirá a la comodidad de los laureles de la historia, y este desmadre solo empeorará, los hijos de los sicarios crecerán, el dolor seguirá viviendo y matando lo poco que va quedando de nosotros.
¿Qué decir?, ¿Qué hacer?

En primer lugar no olvidar que no se olvida, ni hacia atrás ni hacia adelanté. Tenemos que reincorporarnos a la vida a pesar de la oscuridad que nos abruma.

Sueño con contarle a mis hijos de un tal Javier que fue el chispazo que despertó a un país, sueño con llevarlos a ver el cielo de Durango que tanto me han contado, sueño con nadar en las playas de Tamaulipas, sueño con regresar a mi Tehuantepec sin temor a ser levantado, sueño con un país llamado México.

¿Lo han visto?

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rodolfo.castellanos@rcmultimedios.mx