La ‘Pasión’ de Iztapalapa

Jesús murió y el cerro de la Estrella se convirtió en un campo sembrado de cruces de madera. Eran decenas, de todos tamaños, en proporción con las edades de niños y jóvenes que las cargaron. Eran los iztapalapenses que cumplieron con su tradición, que pagaron sus culpas.

En el momento en que Jesús fue clavado en el madero que arrastró a lo largo de 1.7 kilómetros, las cruces que estaban a sus pies se elevaron. Los nazarenos iztapalapenses las pusieron de pie, en señal de solidaridad. Así permanecieron hasta que Jesús murió, bajo un inclemente rayo del sol, que no dio tregua durante su Vía Crucis.

Ahí estaba Iztapalapa, en su eterno culto y devoción a la tradición de 168 años de antigüedad. Iztapalapa no es un hombre vestido de Jesús, es un pueblo entero que lo acompaña con cientos, miles de cruces a cuestas. En esa delegación del oriente del DF, el símbolo principal no es un Cristo crucificado, sino un iztapalapense arrastrando su cruz. Esa es la realidad. Es el ícono que se repite en cada calle cada Viernes Santo.

El gobierno calculó tres mil 500 nazarenos con cruces, los que dejaron su huella por las calles de la delegación. Que alguien no arrastre su madero en estos días es casi una ofensa al orgullo de ser de Iztapalapa. “El que nace en Iztapalapa tiene que salir ‘a fuerzas’ en Semana Santa,” aseguró José Díaz Ramos, uno de los miles de hombres que, horas antes de la crucifixión de Jesús, caminó con su cruz a cuestas.

Al final, Gilberto Morales aguantó. Este año, él dio vida al hijo de Dios. Resistió los azotes, soportó el calor y los 98 kilos de su cruz. A sus 20 años, no defraudó al pueblo que lo vio nacer y ayer lo vio “morir”. Gilberto fue el nazareno estrella, pero no fue el único. A su alrededor, un puñado de fieles nazarenos lo acompañaron, también con sus cruces. De 22 años de edad, José Díaz salió ayer por cuarta vez en su vida a cargar una cruz de madera. En esta ocasión, lo hizo sólo por tradición, por cumplir con la costumbre de un pueblo que año tras año ha agradecido a su religión el cese de una epidemia de cólera en 1833.

En 2010, José arrastró el madero de casi 50 kilos para pedir por su hermano, quien cayó preso. Sólo pidió “que mínimo le fuera bien, que no sufriera tantos maltratos allá adentro”. Cristian Valle, de 15 años, decidió arrastrar su cruz, que le regalaron sus tíos y abuelos, para agradecer que está vivo. “El año pasado me asaltaron, me iban a matar, me iban a asesinar”. La libró y hoy, lo agradece.

Las demandas son distintas y algunos sólo lo hacen por no dejar morir la tradición. Son niños y jóvenes, en su mayoría. Un nueva generación. A Hiram David lo ayuda su mamá. Tiene seis años y ya carga su cruz. Como él, otros tantos. Van y vienen. Con gestos de cansancio, de dolor, pero convencidos. “Cuando uno lo hace de corazón, aunque no tenga fuerzas, le salen”, dijo otro nazareno.

Así fue la eterna repetición de la muerte de Cristo a manos de sus verdugos en el cerro de la Estrella, el más importante de Iztapalapa, cuyo pueblo mantiene el fervor para repetir una y otra vez la historia. Las generaciones se van, pero también llegan. En Iztapalapa, la tradición seguirá viva. Lo demuestran los tumultos, el gentío, la devoción que ayer se desbordó por las calles de la delegación.

Agencia El Universal