Hubo una época en la que le llamaban “Gabito”. Finalmente el apócope quedó en “Gabo”. Y es que, Gabriel José de la Concordia García Márquez, es uno de los escritores más populares del planeta. Su máxima obra literaria le conquistó, con plena justicia, no solamente fama, sino reconocimientos y premios muy importantes. El novelista, cuentista, guionista de cine, periodista, nacido en Aracataca, Colombia, obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1982. Su primera edición de “Cien años de soledad”, se había vendido en 500 mil ejemplares, en unos cuantos meses. Hoy en día deben ser varios millones de ejemplares, traducidos a más de veinte idiomas importantes del planeta.
Para alcanzar la gloria en el “realismo mágico”, que él creó, tuvo que guardar memoria de muchas de las experiencias que vivió en su niñez y en su juventud. Sus abuelos maternos tuvieron mucho que ver con el éxito de sus novelas, que han cosechado el aplauso de la crítica y el interés de millones de lectores. De hecho, los personajes principales de sus novelas, fueron tomados de la vida real, entre sus familiares cercanos. Al realismo lo envolvió en la magia, en la maravilla de su estilo narrativo, para dar vida a esa corriente literaria, que se le atribuye a él de manera incuestionable. Aunque, debo decirle que Juan Rulfo puede equipararse en mucho con el gran Gabo. Gabriel creó su Macondo, para ubicar su relato principal; en tanto que, Juan Rulfo, el jalisciense, creó Comala, pueblo que da vida y voz a los fantasmas, para ubicar su novela máxima y única, Pedro Páramo. Obra suprema, también traducida a una veintena de lenguas importantes del planeta Tierra y sus alrededores. El propio Juan Preciado debe gozar de esa narrativa, en la dimensión donde pudiera encontrarse. Así de grandes son los dos escritores; Colombia y México, hermanados por la pluma de sus máximos representantes en el mundo de las letras.
Gabo guarda en su mente los recuerdos más profundos de su niñez. Su abuelo el coronel (quien después “ no tenía quien le escribiera”) fue protagonista de un duelo, en la vida real. Allá en la tierra de nadie, donde pasó algunos años de su niñez Gabriel, con sus abuelos, las cosas se resolvían a machetazos. Por su vida “liberal” (tres hijos en casa y nueve más por ahí desparramados) fue criticado y ofendido por un fuerte costeño. Cuando finalmente llegó la fecha del “duelo”, que el propio coronel fijó a su manera, tomó por sorpresa a su ofensor y le dio muerte de un balazo. La abuela, su esposa, relataba que el hombre pareció desinflarse, al morir como un gatito. El impacto en la mente y en el corazón de Gabito fue terrible.
Una de las partes más interesantes, leídas en el primer tomo de los tres que conforman “Vivir para contarla”, autobiografía del escritor, para mí fue lo acontecido en el internado al que Gabriel fue enviado por su padre – primero telegrafista de aquellos tiempos y luego boticario- para continuar sus estudios, al retirarlo de un colegio católico. Cuenta el propio autor que, en las noches, al pasar revista en el dormitorio, el director de la institución pública, llevaba algún libro para leerles algunas páginas. Muchos de los estudiantes allí recluidos hubieran recibido a almohadazos al tal profesor, de haber podido hacerlo. Sin embargo, gracias a la paciencia del educador aprendieron a leer. ¡Gabo fue mucho más allá!
