Javier Lozano.
Vaya que le guardo afecto, sí, pero con la objetividad suficiente como para afirmar que, porque lo conozco bien, muy bien, a mí no me cabe la menor duda de que Ernesto Cordero debe ser no sólo el candidato del PAN sino que ha de ser el próximo presidente de México.
Lo conozco desde los tiempos de la precampaña pasada, en esa época en la que pocos apostaban por esa punta de ilusos encabezados por un rebelde: el hijo desobediente.
En la campaña y transición asumió Ernesto la responsabilidad de coordinar la propuesta de políticas públicas que, a la postre, se tradujo en el Plan Nacional de Desarrollo vigente. Le entró a todos los temas. Era su labor.
Cordero reúne las características y talentos para asumir la Presidencia en el amenazante contexto nacional y global, presente y futuro. Político joven, sencillo e inteligente. Tiene el rigor del conocimiento técnico y la sensibilidad política y social que exige el gobernar.
Ernesto es un profesional de la economía y la política. Ha destacado en la Secretaría de Energía, de la que fue subsecretario; en la de Desarrollo Social, de la que fue titular y, señaladamente, como subsecretario de Egresos y el primer secretario de Hacienda panista.
Esta última encomienda merece comentario aparte. Mucho se dijo que la llegada de Cordero a la principal cartera del gabinete económico traería nerviosismo de los mercados si no es que el colapso de la economía. Ni una ni otra cosa ocurrió. Más aun. La gestión del precandidato se caracterizó por la estricta disciplina en las finanzas públicas; la ampliación del crédito al sector privado; la estabilidad en las tasas de interés; un tipo de cambio sin sobresaltos; la inflación más baja de los últimos tiempos y un crecimiento del PIB y del empleo formal que, en la poscrisis, se antojan envidiables hasta para las economías desarrolladas.
Proviene de una familia de clase media, cuyos padres —él médico y ella enfermera— dedicaron sus vidas a aliviar el dolor evitable. Nada de lo que Ernesto ha sido o tenido le fue obsequiado. Sus conocimientos, encargos y prestigio son fruto de su esfuerzo, trabajo, disciplina y valores. No es de los que presume los puestos que ha ocupado, aunque destacan los resultados ahí arrojados.
Puede no ser el más apuesto ni el más histriónico ni el de las frases más pegajosas. Quienes compiten por la misma oportunidad han sumado simpatías y popularidad. Cierto. Pero me temo que eso no alcanza, porque el tamaño del reto y la gravedad de las decisiones desde el primer día del próximo sexenio precisan carácter y conocimientos tales que escapan de las buenas intenciones y del aplauso fácil.
Integrante del gabinete de seguridad, conocedor de la realidad social y del rostro más vergonzante de la miseria y la pobreza extrema, Cordero entiende bien el equilibrio entre fomentar la libertad y competencia económicas con la indispensable solidaridad y subsidiariedad para igualar oportunidades.
Las campañas tienen un principio y un fin. Luego viene la gestión y encargo. Y es en la soledad de la reflexión; en la pertinencia y oportunidad de la discusión, y en la audacia de la emergencia, donde destacan los estadistas por encima de la improvisación y la fragilidad.
Panista de a de veras, en público y en privado, en las buenas y en las malas; defensor siempre del gobierno, equipo, políticas públicas, partido político y de su jefe, Ernesto encarna al panista ejemplar. Lo es.
Mucho se habla de las encuestas y de la supuesta tendencia. La inevitabilidad. Presumen dichas mediciones quienes conocen, pero callan, la evidencia práctica (vivida en carne propia) de los años recientes. Menosprecian la capacidad de acción del militante y no sólo del simpatizante. Se equivocan y se estresan.
El último de los argumentos, con el que se apresuran a dar por terminada la contienda, con pretensa contundencia reza “pensemos en quién le pueda ganar a Peña Nieto y a López Obrador”. Es ésta una más de las razones por las cuales no podemos equivocarnos. Inminentes candidatos de las otras fuerzas políticas, ambos son frágiles y vulnerables. El primero ya mostró su verdadera estatura tan pronto salió de Toluca. Y, el segundo, sigue siendo el demagogo de toda la vida. Pero si no les ponemos en frente a alguien que exhiba sus miserias, que ponga en evidencia el natural contraste y que haga dudar al más duro de los duros, transitarán ambos con comodidad y uno de ellos sorprenderá a incautos o ilusos.
El panismo no puede conformarse con simplemente mover almas. Hay que mover conciencias, y eso se hace a partir de la razón y no sólo de la emoción. Ha llegado el momento de decidir. Bien por Josefina y Santiago. Su esfuerzo y valía son y serán por demás apreciables y recuperables. Pero con esto no se juega. México va primero.
(Ex secretario del Trabajo)
Agencia El Universal
