Por: César González Madruga
El combate a la corrupción; el principal cáncer que aqueja a la sociedad mexicana, debe abordarse desde dos plataformas de acción: la primera, que mucho se ha discutido sobre ella, es el acabar con la impunidad y todo aquel que caiga en actos de corrupción sepa sobre los castigos severos de los cuales no podrá escapar y así inhibir la corrupción, como ya fue impulsado para la creación del sistema nacional anticorrupción. La segunda plataforma y quizá la más importante es la de acabar con la cultura de la corrupción generalizada de la sociedad. Pongamos como ejemplo dos jóvenes abogados recién egresados de alguna universidad que son contratados en una empresa y su primer asignatura laboral es la de conseguir un permiso, al día siguiente el jefe se acerca al primer abogado para pedir avances del encargo y este le responde que es imposible conseguirlo de un día para otro pues legalmente se requiere de tiempos y de trámites; en contraste, el segundo abogado consiguió el permiso por la vía de sobornos, mordidas y en la ilegalidad. El problema no para allí sino cuando a quien usualmente se asciende en la escala laboral de esta organización para mejores puestos casi siempre es aquel que consiguió lo que necesitaba sin importar los medios y la lección para quienes en esa misma escala organizacional hacen las cosas de forma honesta es observar la crueldad de que “el que no tranza no avanza”; es decir, culturalmente estamos premiando a la corrupción y esto impacta a los más altos niveles como señala Edwin H. Sutherland en su obra El delito de cuello blanco. El único antídoto para revertir este esquema cultural es la cultura del esfuerzo; de aquel que trabaja persevera y alcanza. Hay ejemplos vivos de como antes así era, como el de don Alfredo Achar Tussie quien inició su empresa haciendo él mismo mezclas de pintura en su garaje y posteriormente salía a tocar las puestas de sus vecinos para pintar las fachadas de sus casas, fundar su empresa hasta llegar a ser de COMEX una de las empresas más importantes de Latinoamérica. Ejemplo vivo de que cuando luchamos bajo este modelo cultural del esfuerzo, el dinero fácil y rápido de la corrupción queda sumamente alejado en la escala de valores. Dice Alexander de Toqueville que cada sociedad tiene el gobierno que se merece pero cómo vamos a saber lo que merecemos cuando no sabemos lo que valemos. El gran valor que dota de esplendor a nuestro amado país es el esfuerzo de su gente por ver la luminosidad en sus hogares, familias, colonia y país entero, esforzarnos todos los días con la vista al cielo, los pies en la tierra y las manos en la obra. Hagamos uso de nuestro valor, y confiemos en que siempre el esfuerzo honesto, disciplinado y perseverante es por si mismo una riqueza invaluable. Para que las leyes y las instituciones funcionen sin corrupción, hemos de ser corresponsables de nuestro rol cultural cotidiano.
