Cacerolada a medianoche, cortes del tráfico en Cibeles y el Paseo del Prado, ‘strip tease’ ante la Bolsa y una vuelta más al centro, cortando las (vacías) calles de Madrid, hasta que la Policía dijo basta y dispersó a los ‘indignados’ en Tirso de Molina.
El fin de fiesta del 15-M en Madrid fue esta madrugada, como se esperaba, calentito. Los ‘indignados’ celebraron la última asamblea de su primer aniversario y, para no perder la costumbre, se hicieron oir por todo el centro de Madrid (incluso bajaron hasta Las Vistillas a ver qué quedaba de las fiestas de San Isidro) con cánticos de izquierda extrema como «A, anti, anticapitalista».
A las 3.30 la Policía, aprovechando la enésima indecisión en la peregrinación lúdico-revolucionaria, dijo hasta aquí hemos llegado. Cayó sobre los 300 ‘indignados’ que quedaban en Tirso (comenzaron la cabalgata fácilmente unos 2.500), los consiguió dividir, tomó los datos a unos 100 (para poder multarles por concentración ilegal) y detuvo a uno que, al parecer, se resistió. De nuevo, sin sacar siquiera las porras.
Se salda pues este cumpleaños-regreso de la indignación del 12 al 15 de mayo sin que la sangre llegara al río, por más que el 15-M denuncie abusos policiales sobre algunos detenidos, y que en muchos momentos los policías antimotines se taparan con el chaleco o con las manos su insignia de identificación (cosa que ciertamente se repitió esta noche). Al final se demostró que ni al Ministerio del Interior ni al 15-M les atraía en absoluto el fantasma de la ‘helenización’. De momento, mientras la prima de riesgo no diga lo contrario, España no es Grecia.
‘¡A la Bolsa! ¡A la Bolsa!’
La última asamblea en Sol, que finalizó hacia las 0.30 de la madrugada e incluyó el clásico grito mudo, fue como era de esperar impetuosa y caótica. «Hay que crear una comisión pro presos, porque compañeros, vamos a tener a mucha gente en la cárcel. ¡Mucha!», señaló un interviniente. «Por favor, cuando uséis la expresión hijo de puta pensad en la gente que… Bueno, yo tengo un amigo cuya madre es prostituta. Pensad en él», lanzó otro. También hubo muchas propuestas para crear asambleas, grupos y huelgas.
Todo quedó coronado con una ruidosa cacerolada enriquecida por golpeteo a las vallas metálicas del edificio de Tío Pepe: un estruendo ensordecedor. Tras lo cual, los indignados decidieron irse de paseo: «¡A la Bolsa! ¡A la Bolsa!», se comenzó a oir. Y para allá que se fueron.
Eran seguramente más de 2.500 cuando enfilaron a la calle de Alcalá, sorprendiendo en el cruce con Gran Vía a dos coche de policía que se quitaron de enmedio como quien no quiere la cosa, y desembarcaron en Cibeles con energía, cantando «El pueblo, unido, jamás será vencido».
Ante el Ayuntamiento de Madrid se cruzó con ellos otro vehículo policial, que quedó de golpe rodeado de un mar de ‘indignado’s que miraban por las ventanillas como si dentro fuera un actor famoso. «¡Dejadlo! ¡Dejadlo!», gritaron otros. Y lo dejaron.
Desnudos ante la Policía
Ante la Bolsa les esperaba una buena barricada de antidisturbios, varios de los cuales llevaban en las manos las escopetas de pelotas de goma. Dos activistas buscaron y hallaron el protagonismo: se desnudaron y, dentro de un coro de fotógrafos y cámaras, soltaron una aparatosa perorata cuasi paternalista a los agentes, que no movieron ni una pestaña. «Que no es vuestra protesta, que esto es colectivo», les terminó gritando un ‘indignado’, tras lo cual se vistieron y volvieron al anonimato.
El grupo se acercó luego a Neptuno y miró de lejos el Congreso, protegido por dos murallas de antimotines. Imposible, así que se metieron por la calle Cervantes, luego por Fúcar, subieron por Atocha, bajaron la calle Toledo hasta el viaducto de Bailén y entonces, caramba, se preguntaron qué demonios hacían allí. Subieron a Las Vistillas, más arriba por la Latina y fueron a dar a Tirso.
Ahí arreció el grito de «¡A Bankia! ¡A Bankia!». La sede principal está en la plaza del Celenque, justo detrás de Preciados. Sin embargo, en ese momento ya quedaban no más de 300 chavales de corte radical. Un grupo de chicas comenzó a promover (como todas las noches anteriores) el adagio que señala que una retirada a tiempo es una victoria.
Irrupción policial
Ya casi habían convencido a los demás cuando la Policía apareció por dos esquinas de la plaza y en un momento se extendió como una mancha de aceite. Carreras, algún empujón, dispersión y, al final, un grupo de unos 100 activistas quedó rodeado por un cordón de agentes contra una pared. Como ha sucedido todos estos días, la mansedumbre ‘indignada’ fue casi total cuando se vieron cercados.
Los que fueron identificados, a quienes les podría caer una multa de 3.000 euros, no dijeron ni pío. Los de fuera soltaron algún tímido eslógan, pero aguardaron a sus compañeros entregados. De nuevo gritos de activistas que llamaban al cada cual a irse a su casa: «¡Venga, vámonos, que mañana hay un desahucio!», dijo uno. Y así terminó la noche final del 15-M segunda parte, con los últimos indignados desvaneciéndose tranquilamente por las callejuelas de Huertas y Lavapiés.
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